Lo implícito de los sistemas

M. Á. Contreras Betancor|

 

En ese instante fugitivo podría haber escrito una novela.

Jamás me he impuesto la obligación de inscribirme en un gimnasio y modificar mis hábitos alimentarios, porque sé que habría aumentado las posibilidades de empeorar mis condiciones de vida. Ni siquiera se me pasó por la testa perfeccionar mi cuerpo con la intención de provocar «miedo a los hombres y deseo a las mujeres».

La guerra de los gimnasios (1993) de César Aira.

Ferdie Calviño ha decidido cambiar su vida y tras la primera ‘paliza’ en el gimnasio se «encaminó a las duchas en un estado de inexplicable melancolía». Observa el comportamiento de unos tipos de cuerpos desarrollados más allá de cualquier método natural, fuera de toda duda. Ferdie es un ser insignificante a la par que popular gracias a que trabaja en la televisión pero vive en un mundo personal «lleno de tabúes de la atención». Habita un apartamento que comparte con sus padres y la hermana melliza en una Buenos Aires convulsa que vive una guerra entre gimnasios, esos templos rebosantes de vapor, chanclas usadas y toallas que fueron blancas, hechos para destrozar las esperanzas y cercenar los manoseados avances sociales.

Dicen que todo está en el cerebro y que si se apoderan de tal masa, la guerra estará ganada, eso sí, han secuestrado a Chin Fú, un tipo que está preso en un frasco de mayonesa vacío. Incluso, en esta historia de Aira, se narra cómo podría ser el advenimiento de la Liebre Legibreriana «con cuyo nacimiento coincidiría el fin de la Argentina».


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

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