Las razones del silencio

M. Á. Contreras Betancor|

Hay lágrimas que no necesitan salir de los ojos.

¿Lo que no se recuerda deja de existir? No.

El olvido sirve únicamente para aquellos que no sienten, para quienes los pesares ajenos —por muy dolorosos y devastadores que sean— resultan una imagen que se apaga como el fotograma que sufre los embates de un proyector en horas bajas.

Hay olvidos que militan en el alma, existe un dolor que «no siempre empieza con la ausencia del otro». Están los silencios que surgen desde el más sincero de los amores.

Los silencios de Hugo (Contraluz, 2021) de Inma Chacón.

¿Cuántas personas se han olvidado de que en los años ochenta del siglo pasado hizo acto de presencia una pandemia que se llevó por delante a unos cuantos millones de seres humanos? Es probable que el SIDA no sea más que un acrónimo para mucha gente; cabe la posibilidad que incluso resulte una sorpresa, una vuelta a sus miedos, para otros tantos que vivieron esa época, no así para la autora pacence, cuyo compromiso con el recuerdo se ha materializado en esta novela que ahonda en aspectos tan humanos que, según las circunstancias, hacer profesión de los mismos llama la atención.

El silencio, a pesar de conformar nuestra forma de existir, no es una herramienta fácil de usar cuando quien decide ir por tal senda embarga querencias, miradas y roces en un equilibrio infernal cuya principal razón de ser no es otra que el amor hacia aquellos que siempre están ahí, tanto como de los que se van incorporando, alguno de los cuales es atravesado por unos «segundos que necesitan una vida entera para desdibujarse».

Olalla, Helena (con h), Yolanda, Manuel y… Hugo y sus silencios, tantos, que provocan que la voz se paralice en la garganta, esos silencios que generan un dolor, no sé sin tan intenso como el que «se clava en el pecho».

Hay más razones, demasiadas para condensar aquí, tantas como existen futuros que no son «más que un presente que se alarga». Hasta una intersección en el camino es capaz de gastar una broma macabra.


© Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ