Pasadizos

M. Á. Contreras Betancor|

 

No existe peor escuela que la del aburrimiento ni patria más salvaje que la juventud.

Llevo una temporada —por si fuera de su interés— atrapado por cierta literatura que habla de la literatura, aunque podría haber dicho que me gusta cuando me tropiezo con reflexiones metaliterarias, pero siempre que las mismas no resulten una mirada al mísero ombligo que todo lo pudre. Por fortuna, los autores a quienes me refiero (sólo descubriré a uno) son de los que observan sin que por ello peligren sus cervicales. Gratias deo.

Trigo limpio (Seix Barral, 2021) de Juan Manuel Gil.

«Cuando presiento que un bloqueo creativo está a punto de caer en mi vida, tengo la costumbre de coger un edredón y llevarlo a una lavandería de esas en las que metes monedas y te toca esperar un par de horas como mínimo». Como metodología para huir de la famosa calma chicha que todo escritor debe padecer so pena de no ser incluido en el canon, esta opción que presenta el narrador —que nunca se debe confundir con el autor— destierra cualquier sospecha en torno a que los hombres somos incapaces de pensar en dos cosas a la vez, incluso, evidencia que nos preocupa el estado de la ropa de cama. Permítame la broma.

¿Para qué sirve la memoria? Según los que saben de eso —guiño—, la memoria justifica su existencia sobre los cimientos del olvido. ¿Y los recuerdos? Vaya, pues recordar no es más que otra de las excentricidades propias de la memoria. Mas, tanto en un caso como en el otro, conviven una serie de pasadizos que hacen de la existencia un lugar digno de ser descubierto, siempre y cuando transitar por esos conductos no se convierta en el pretexto de nuestra habitual querencia por la selección natural del pasado. Oiga, tengo la impresión que se olvida de algo —pregunta un avispado lector. No se preocupe, —responde el comentarista—, es en los olvidos habituales donde se esconden los matices. O donde nos escondemos, tanto, que hasta se nos olvida el brazo en cabestrillo o el arrepentimiento tardío.

Concluyo

Esta novela del escritor almeriense es, como dije al principio, una suerte de tratado metaliterario, y añado: envuelto en cierto celofán de autoficción. Pero no. Tal vez la historia que cuenta no sea más, —inténtelo usted a quien veo tan dispuesto tras pasar por quince cursos de escritura creativa—, que algo parecido a un ensayo sin más pretensiones de serlo; posiblemente se acerque a una manera de desbrozar el hecho literario ¿Con algún propósito confesable?, claro: El del disfrute lector. ¿Y eso es todo?, pues resulta que no, porque como dice el narrador: «Una de las principales razones por las que una persona abandona la lectura de cualquier libro, y especialmente de las novelas, es la orfandad de certezas». ¿Y Trigo limpio rebosa certidumbres? Lea sin olvidar, o posiblemente descubra, que «no existe un uso inmaculado del lenguaje». Tenemos «Toda esta verdad con toda su ficción».


© Miguel Ángel Contreras Betancor

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