Reboso intramuros

M. Á. Contreras Betancor|

[García] siente un cosquilleo en la conciencia.

Aún recuerdo las visitas al recinto portuario y esos patos siempre ahí. Claro está, en aquellos años infantiles a nadie se le ocurría llamarlo así: «Mi padre me lleva de paseo al recinto portuario». Escribo tal cosa y mi provecta piel se pone imitando a esa misma de la tan maltratada ave de corral. Pero bueno, vayamos al asunto que no es otro que hablar del ecosistema portuario, un entorno ideal para casi todo menos para el amor de, por ejemplo, Werther. No sé, pero me cuesta ver al joven subido a una grúa declarando su ansia por Charlotte Kestner. El romanticismo se lleva fatal con los contenedores de cuarenta pies.

Gancho ciego (Siruela, 2021) de Antonio Flórez Lage.

Existen entornos propicios para la literatura y otros que lo son… pero mejor en asuntos más livianos. Afortunadamente, Flórez encaja su relato en la atmósfera ideal y es ahí donde García ofrece el do de pecho gracias al oficio del autor que del entorno portuario demuestra tener conocimiento de causa. La instalación —el Puerto literario que protagoniza esta historia— no es otra que esa que impone su presencia en la bahía de Las Palmas de Gran Canaria, asunto éste que importa sólo a los cotillas y a esos seres que gustan de acaparar el dato cierto. El barrio del Carmen podría ser —es— el de La Isleta, con una presencia justa en el desarrollo de una trama ágil —que no inane— cuya vitalidad va ganando enteros sin provocar ruidos innecesarios, salvo aquellos fruto del ir y venir de la maquinaria. O de los antidisturbios que corrían calle isletera arriba y abajo; botes de humo de ellos y pedradas de aquellos, objetos todos, trazando líneas en el cielo azul.

Tiene esta historia algún que otro asunto pendiente cuya resolución llegará (la impaciencia es mala). Recuerda el autor un famoso conflicto laboral —estibadores mediante— allá por el año de Nuestro Señor de 1988, concretamente el 21 de octubre. El barrio antes mencionado fue el epicentro de ese movimiento que alteró la paz de las empresas portuarias e hizo sacar a la luz pública algunos que otros asuntillos. Pero hay más. Como apunta el inspector García a cierto colega de bisoñez contrastada para hacerle entender cómo es el terreno que pisa: «Ni la democracia ni tu siglo modernito funcionan aquí dentro». Por cierto, Gallego «Vuelve a pensar en el niño que fue: sensible, llorón, tímido, inseguro…». Esos muros y un Quevedo demasiado lejano.


©Miguel Ángel Contreras Betancor

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