La mirada impar

M. Á. Contreras Betancor|

 

No todos los hombres alcanzan la perfección de morir; hay muertos y hay cadáveres.

Se lee lo que estaba por llegar con esa sensación de pasear los ojos por un texto que sería. Sepa el lector que del libro que se escribe en esta página tiempo después será objeto de admiración, aunque también debería tener constancia que los pasos sobre una tierra yerma fueron dados antes que aquellos otros, los de un futuro por llegar.

Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro.

No me andaré por las ramas del Macondo conocido para tapar las certezas de una calidad literaria que empapa el viaje por las entretelas de Ixtepec, lugar cierto, donde el aire es capaz de quedar «inmóvil después de tantas lágrimas». Porque antes de las penurias y querencias de Aureliano Buendía, los ojos de todos los espacios que pueblan las historias narraron «sentados sobre esta piedra aparente», el devenir de un lugar al que un asesinato que no le caben más certezas que reconocer que «El cuchillo se equivocó de cuerpo». Y Rosas, ese general…

Que la autora haya sido ninguneada entre los fuegos de artificio de quien se afirma que es el fundador de este realismo —etiqueta que ella despreciaba—, no deja de ser una anécdota como tantas otras que ciegan evidencias; no sé, pero tal vez «los actos quedan escritos en el aire y ahí los leemos con unos ojos que no conocemos». Posiblemente, Garro se estaba anticipando al olvido.

Siendo una más que recomendable lectura, Los recuerdos…se merecen un tiempo y espacio sin comparaciones, porque leerlos es acercarse al porvenir.

Por cierto, «¿De dónde llegan las fechas y adónde van?».


© Miguel Ángel Contreras Betancor

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