Veinticinco metros

M. Á. Contreras Betancor|

 

Nada es inocuo o gratuito.

 

Un texto que resulta ser un espejo en el que se reflejan porciones de la existencia del lector. Párrafos cuya lectura se desliza por las entretelas de una vida ajena preñada de similitudes que únicamente aprecia el ser coetáneo. La infancia, ese hábitat con lugares comunes pero con rincones exclusivos. Las ilusiones a varios metros; las curiosidades a la distancia de un bordillo… la vida misma.

El niño de la tienda de telas (Puentepalo, 2021) de Jesús Ibrahim Chamali.

He recorrido las páginas con el interés que supone adentrarse en las líneas de una ópera prima y, poco a poco, esta novela breve pero intensa, me ha ido cautivando, llevándome de la mano por unos cortes de tela a modo de breves capítulos, desvelando la infancia al socaire del mostrador repintado. Las angustias del niño, los anhelos de una criatura curiosa; los juegos en el patio de la casa familiar entre palmeras, madreselva y algún rosal mal cuidado. Cambiar las lealtades reales y convertir a Gaspar en el pasado mientras encomienda todas sus esperanzas a Baltasar. El niño.

Entre medias, esa gente mayor que habla en una jerga incomprensible, así que lo mejor será “no crecer jamás y poder ser cada semana un personaje diferente”, una reflexión alejada de cualquier querencia por la criatura de James Matthew Barrie.

A este niño de la tienda le llegarán los rumores de la intolerancia –en ese momento serán ruidos que más adelante entenderá perfectamente–. Sus pesares llevarán el nombre de una Ingrid de “ojos azules, brillantes, casi transparentes”, ese enamoramiento que será contagiado por el virus de los adultos: Dicen que es judía… “dicen que soy moro” y fija sus ojos en los del padre. Ecos de los antepasados, miedos ante una madre enferma, junto a un padre en la cama: Su pelo cano y su mirada… “¿Se podría morir su padre?”

Recordar a Mastroantonio o a mi Ladislao zapatero en su cuarto entre aquellas calles del Risco de San Nicolás… “Cuántas parrandas me debes…”


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ