Un escorpión helado

M. Á. Contreras Betancor|

 

Lo que no se explica duele para siempre.

Ajustar cuentas exige ciertas cualidades a pesar de que haya muchos llamados, pocos elegidos, escasos creyentes y menos aún, ejecutores convencidos de sus aptitudes para llevar a buen puerto el final de unos seres. Soportar el peso de la tragedia, de esa catástrofe que no se limita a marcar surcos en el alma sino a horadar la existencia en todas direcciones, resulta una prueba para la que nadie ha cursado enseñanzas, ni siquiera con tutoriales en Internet. No existe sotana que aguante tal embate.

Los que merecen morir (Alrevés, 2021), de Carlos Salem.

Nunca nadie causó tanto miedo entre aquellos que se creían algo, –más que eso–, entendían que eran intocables, que un tipo que ha rumiado a base de bien un método para ajustar cuentas. Un pequeño dios, convencido como está de que «Nadie es un dios responsable» demostrando que es un ser magnánimo a la hora de infligir su castigo.

En esta novela de Salem como en toda la obra que transita el género negro se cruza la laguna Estigia mientras se especula en torno a descubrir cómo está el ambiente en el Hades: Tal vez, menos muerto de lo que se presupone.

Mientras tanto, Severo Justo, capaz de pisar sus «propias contradicciones», Caronte García, un hombre que habla con aquellos de mirada fría y Dalia Fierro –algo más que una ráfaga– conforman parte del paisanaje de un texto en el que se intuye la presencia de espíritus que rememoran cierto calzado, de corruptos tan seguros de sí mismo que en su apellido llevan la penitencia; algún que otro príncipe de la Iglesia, un creador de estructuras que lucha por mantener la verticalidad y especialistas en torturas, ‘obligados’ a tan desagradables menesteres por el bien de quien acapara su interés…. Casi nadie.

De quiénes somos y por qué somos, se ha escrito mucho, incluso en relación al hecho de abandonar el ahora sin perder detalle de la acera de enfrente: «Tuve un nombre, hace mucho, pero pesaba demasiado y se lo vendí a otro viajero de la calle que había perdido el suyo entre dos borracheras».


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

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