Periodismo, desamores y una sentina

M. Á. Contreras Betancor|

España-entera seguía conteniendo la respiración.

El primero se comportaba como lo que era: un psicópata. El otro, bueno, el otro escoraba sus querencias hacia un futuro lleno de despachos oficiales, cámaras y acción, siempre sin apartarse de los márgenes que señalan la diferencia entre estar en el candelero o cargar con el sambenito de sepulturero: Periódico que dirigía, periódico que terminaba despidiéndose de sus queridos lectores hasta más ver que jamás son señas de volver. No me olvido del psicópata, un tipo atormentado por ‘culpa’ de un padre militar –me debato entre George Brassens y el Imagine– y que como terapia tenía a bien putear a los periodistas que caíamos en su zona de influencia.

¿Y esto tiene algo que ver con..?

El pozo (Destino, 2021) de Berna González Harbour.

Cómo olvidar a Omayra Sánchez –Colombia– atrapada entre el lodo, luchando, hablando. Trece años de edad, cámaras inmortalizando el momento o los instantes antes de que el desenlace… Cómo olvidar a Julen –España–, dos años de edad. Su cuerpo se deslizó por un pozo. Cientos de técnicos buscando soluciones para su rescate, miles de ojos conteniendo un caudal. Incontables cámaras de alta definición buscando el plano perfecto, el gesto dramático inigualable. El desconsuelo de unos padres desolados. Reporteros como pollos sin cabeza escudriñando por doquier. Conexiones en directo que intentaban llevar hasta el salón de su casa el drama, la especulación, la culpa; coño, ¡esos índices de audiencia que no suben! Un volcán que arrasa haciendas y borra recuerdos; unos audaces reporteros muy ‘angustiados’ a la busca y captura del hecho humano. En fin.

Una periodista, Greta. Un juicio y un pozo, hábitats que supuran incertidumbres. Los padres del niño instalados en un carpa «tan alegórica como el circo que la rodea». Aquella final futbolera de jarrón roto y una media hora confusa y otro padre y su hijo. «La desgracia puede necesitar apenas una décima de segundo».

La escritora de El sueño de la razón (Premio Dashiell Hammet 2020) saca las vergüenzas de esta bendita profesión –no tengo el mechero a mano– que respeta, pero que de un tiempo que parece tan lejano, se ha ido precipitando por la ladera (o la sentina) de la peor de las mentiras: las medias verdades. Del no me jodas la crónica con el dato fundamenta,l que surge en el penúltimo minuto, que la pieza me ha quedado que es un primor. Dios santo, se abalanza la hora del cierre y notas unos ojos casi al borde de la miopía definitiva que desde la pecera te observan.

Entre las páginas de El pozo sobresalen las briznas de aquellos corresponsales que iban para contar lo que ocurría allende montañas lejanas cuando aún se respetaba (¡diantres!, el factor humano) la profesión, en tanto, otros colegas confeccionaban sus aplaudidos artículos entre la barra del bar del hotel y la cama de una habitación del mismo hotel o de un tugurio parecido. Cómo olvidar a Carmen Sarmiento pistola en mano en la Nicaragua sandinista de los años ochenta. Y Pérez Reverte, y… Sin embargo, en ese mismo pozo puede «precipitarse y morir una niña. El periodismo. Y la decencia de todos».

Quiero ser optimista por encima de mis posibilidades, así que no es preciso cambiar de continente para demostrar las miserias, sirva recordar la reflexión de un compañero que cubrió la ausencia vacacional del responsable de la sección Local: «No entiendo cómo puedes soportar el contacto con la gente de los barrios», y claro, si esa bofetada no espabila se corre el riesgo de perderse el goce del colega chapoteando entre los despachos oficiales y ganándose el ‘respeto’ de la autoridad competente. Su vida es plena pero su recuerdo se difumina sin que él sea consciente.

Dice Greta que el «periodismo era, al fin y al cabo, como el desamor: aunque le ganes o te gane, es para siempre». Dice el poeta que nos queda la esperanza.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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