El barro de las verdades

M. Á. Contreras Betancor|

 

Los criterios canónicos para juzgar el mérito han caducado

No creo en la superchería, aunque nunca se sabe, pero no las tengo todas conmigo si de invocar la presencia de Zavalita se trata para arreglar desaguisados, cualquiera que sea su tipología. Tal vez no exista un Mur que pueda coser los rotos de una vida, aunque a pesar de los pesares lo intente… con todas sus fuerzas.

Pleamar (Alfaguara Negra, 2021) de Antonio Mercero.

El esfuerzo, la meritocracia…, agonizan por las esquinas del viejo barrio al ritmo de megustas, retuiteos, comentarios y mensajes compartidos, ante una nueva tribu de influencers, youtubers e instagrameros –lo sé, es horrible– que se ha enraizado en nuestro hábitat y reina entre las legiones de admiradores que babean y se estremecen a cada pulsación de tecla de sus ídolos. Fotografiar ensaladas tan verdes y que la muy «hija de puta» que está en línea no tenga a bien plantarle un megusta es una experiencia cercana a la muerte, y  claro, entra en pánico. Porque ahora el horror, el frío miedo de no ser nadie acaba en un psiquiátrico, aunque sabemos que esos recintos no son lo que fueron. En estos tiempos han mutado en lugares llenos de paz y sosiego multicolor para que durante unos cuantos días a la semana, el ser destrozado cure sus heridas de tanta red.

Podría decir que todo resulta confuso –no me refiero a la trama creada por Mercero–. Que es casi insoportable comprobar el vacío, la inmesa sima que se ha abierto y que engulle a cientos, miles, millones de seres humanos cuyas existencias están sujetas al aguante de la batería de su dispositivo móvil. Y sí, es una de las grandes verdades que se plasman en este texto del también autor de El final del hombre, cuando recuerda que los juegos al «aire libre y la pandilla vagando por el barrio en busca de aventuras forman los contornos de un pasado lejanísimo». De un pasado que dio sus primeros pasos allá por los años noventa cuando la celebración de los Reyes Magos sumió las calles y parques en un silencio del que jamás ha regresado. Se mascaba la tragedia.

Violencia en el ámbito familiar sin medias tintas y rebosante de un desconcierto del que resulta muy complicado salir indemne; padres con prioridades no siempre prioritarias –lo sé, no puedo evitarlo–. Hijos con ganas de algo pero sin la menor intención de que su necesidad sea fiscalizada, salvo por el novio y ahí «consiente el espionaje como un acto de amor», si es que la intención primigenia fuera esa. Martina y Leandra. Odios y estupideces cada jueves. Dinero a espuerta, representantes glotones. Silencios ominosos.

No obstante, Darío casi se emociona al comprobar que el «amor todavía deja cadáveres por el camino». Mas que la emoción no ciegue al caminante so pena de acabar con los pies hundidos en el barro mientras el salón guarda una sorpresa.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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