Una cuna negra

M. Á. Contreras Betancor|

 

Aquellos instantes eran sus noches de amor platónico.

No recuerda que se ha olvidado. Ha transcurrido mucho tiempo, pero gracias a la lluvia entró allí y estaba a punto de caer en “esa pasividad indolente” que, como un narcótico, “irradia todo auténtico café vienés”. Comenzó a mirar a su alrededor sin saber y observó dos mesas de billar que holgazaneaban como “verdes ciénagas en silencio”.

Mendel el de los libros (1929) de Stefan Zweig.

Se puede recordar y ocurre. Es el Café Gluck y sobreviene la imagen de Jacob Mendel ¡Cómo es posible haber olvidado a ese hombre!, un símbolo del conocimiento, el librero de viejo que era un oráculo a quien se dirigía todo aquel que buscaba encontrar el texto preciso, la edición exacta. Y él en una mesa del viejo café; treinta años sin preocuparse por nada que no fueran los libros. La existencia de Jacob, un hombre singular que “no sabía nada del mundo”, pues todos los fenómenos de la existencia, todos, sólo cobraban vida para él cuando se “vertían en letras”, cuando revivían en un libro. Pero no leía. El viejo Mendel únicamente conocía el título, precio, aspecto, edición… Al joven que llegó desde el Este y recaló en Viena, no le interesaban las personas, mas de todas las pasiones humanas, posiblemente conocía una: La vanidad. Llegó para hacerse rabino, pero abandonó al “rígido Dios único, Jehovah, para entregarse al politeísmo brillante” de los libros.

Muertes, penas y miserias de la Gran Guerra pasaron a su lado sin que se inmutara hasta que la estupidez tan consustancial al humano, lo arrastró. Dos años olvidado, perdido, creían que había muerto, hasta que la casualidad hizo que retornara a su mesa del Gluck. Pero ¿quién arregla lo perdido cuando es el alma la destruida?

¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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