Lienzo de textos

M. Á. Contreras Betancor|

 

Antonio Padrón Rodríguez (1920-1968) es un descubrimiento –escultor, ceramista, compositor…, pero sobre todo, pintor– porque así ocurre cada vez que a nuestro estado vital acude la presencia novedosa de alguien, que podrá gustar o pasar de largo como el penúltimo tren: La esperanza me mantiene, dirá el poeta.

Figuras romboidales (cubismo mediante) y el indigenismo o cómo reflejar el sentido de pertenencia a un hábitat, que transcurridos ciento un años desde su nacimiento en la Real Ciudad de Gáldar (Gran Canaria), demuestra como toda su obra pictórica mantiene una vitalidad que gracias al proyecto titulado Escritos a Padrón supone, no sólo un ancla en el que se fija la presencia del artista galdense, además, esta iniciativa fruto del trabajo incansable de quienes gestionan la Casa-Museo proyecta la figura y obra de Padrón allende las fronteras insulares amén de reactivar el interés intramuros.

Con motivo del Centenario padroniano, César Ubierna, el que hasta el pasado mes de agosto, y durante un cuarto de siglo fuera el director del museo, junto al resto del equipo que trabaja en la casa, decidieron responder a la parálisis motivada por lo que se conoce como pandemia, ofreciendo, Internet mediante, a todos los interesados la posibilidad de redactar un texto, inspirando el mismo en alguna de las obras pictóricas de Padrón.

El resultado ha sido un rotundo éxito materializado en la edición de este catálogo de escritos formado por unas cuatrocientas páginas titulado: Más de 100 Escritos a Padrón (Cabildo de Gran Canaria, 2021), donde a través de cuyas páginas, tanto prosa como poesía, se han impregnado de la inspiración que ofrece el trazo de Antonio Padrón. En definitiva, la literatura ha confeccionado un lienzo de textos cuya lectura y disfrute recomiendo, pero además, es necesario con el fin de aumentar el conocimiento, efectuar un recorrido por las estancias de la Casa-Museo, detenerse en el jardín mecido por el rumor de la fuente; acceder al taller y ser testigo de ese instante congelado –pero cálido– de la obra inconclusa; pasear la vista y esperar el retorno del artista a través de una escalera cuyas huellas y contrahuellas añoran el paso firme.


©Texto y fotos: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ