Temulento en copa ventruda

M. Á. Contreras Betancor|

¡¿Mi padre maricón?! Es del Opus y de misa diaria.

Las apariencias suelen esconder trampas que aparentemente hacen naufragar al mejor de los ahogados, unos tipos –aquellos sin el garbo necesario para flotar– que sucumben y dejan para la posteridad un puñetero rictus que sus deudos olvidan a la misma velocidad que el notario lee las últimas voluntades. Firmen a pie de página y abonen la minuta.

Prohibido (M.A.R Editor, 2021) de Enrique Pérez Balsa.

Tras su brillante estreno en este oficio de escritor con la novela El edén de las manitas de cerdo, allá por el año de Nuestro Señor de 2019, el también diseñador gráfico –suya es la portada del texto protagonista– y músico, se sumerge en una historia cuyo peso recae en la espalda (porque, ¡oh sorpresa!, sólo tenemos una) de Caballero, un inspector de policía con un pasado algo turbio por mor de ciertos excesos, y aquí destaco la inteligente decisión de Enrique de no usar la cirrosis galopante o las fosas nasales con más agujeros que un queso de ídem, como los cimientos sobre los que construir su historia. No obstante, y como de literatura escribo, no resisto la tentación de encontrar ciertas similitudes con el pobre Luis de El edén…, un “personaje central a la par que narrador, que vive una existencia tan plácida como pueda tenerla un padre divorciado con dos adolescentes y una exmujer que no siente mucha simpatía por su otrora amorcito”, comenté en la reseña que usted puede consultar en las páginas de esta inimitable publicación digital.

Pero con esto de los parecidos razonables no saquemos los pies del tiesto…

Y hasta ahí, ¡ay de mí!, hallo paralelismos entre la ópera prima y Prohibidouna novela con otros registros, diría que está fuera de eso que llaman zona de confort, hábitat al que acudimos para curar heridas o asegurar que nada malo nos puede ocurrir, hasta que descubrimos que no hay peor sitio para darle al magín literario que una sala de reposo, estancia cuyo uso sólo resulta aconsejable cuando el diagnóstico es chungo, y puedo asegurar que entre estas páginas, nada existe que se parezca a una sesión de plácidos retozos. Eso sí, el humor estilo Balsa, variante edénica, anda emboscado aquí y acullá, y eso siempre es de agradecer.

Y llegando al final, qué mejor conclusión que usar un instante de la novela de marras:

El ser humano es tan hijo de puta que al final terminará siendo [el (un) asesinato] por causas sociales”, afirma uno de los personajes, quien de momento no cuenta con ciertas variables que llevarán la historia por veredas sinuosas, tanto, que no existe García que se huela la tostada, ni vástago que con las suficientes lágrimas.

Y aunque todo acaba, hay finales que se merecen un principio; existen instantes que congelan el parpadeo.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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