El gozo del fuego

M. Á. Contreras Betancor|

Sentí aquel pelo tendido sobre la cama como una bandera de muerte.

Dicen que es una leyenda viva pero que antes había sido un escritor maldito atrapado en un lenguaje grosero, soez y con un alma llena de mala baba ¿Continúo?..

¿También bebe?, –le preguntaron, obteniendo por respuesta siete palabras –No es que beba, soy un borracho. Y de ahí hasta que una chica tiene a bien interesarse por saber cómo consiguió una cara tan trágica, nos encontramos con Charles Bukowski y su Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972), un libro de historias cortas y contundentes que sólo pueden atragantar la mente de una persona que hasta la fecha no haya tenido la desdicha de vivir. No me refiero a sobrevivir entre callejones inmundos –todos los son–, ni al borde del desahucio social o dando cabezadas en la barra de un bar en Tijuana mientras que de la máquina de discos salen disparados los compases de unas rancheras. Lo que apunto tiene que ver con observar las existencias de otros congéneres sin por ello identificarse y tirarlo todo por la borda o convertirse en un maldito censor atrapado entre pajas mentales.

En este libro está Bukowski luchando por dar sentido a doce monos voladores, aparece un autor que lanza un buen golpe cuando disecciona con pulso firme a ese mundo mísero de los intelectuales que abochornan, de los periodistas que siempre están en otro sitio y nunca en su lugar. De cómo aclara que la “poesía dice demasiado en demasiado poco tiempo”, mientras que la prosa dice demasiado poco tomándose “demasiado tiempo”. Habla su personaje, habla él de la vida –¿lo había dicho?–, de la explotación laboral y de la eficacia policial:

¿Dónde está su tío John?

Murió

¡Mierda!, ¡por eso no podemos localizarle!

En definitiva, mientras haya quienes sigan frotándose sus ojetes mentales siempre habrá –o debería– un ser humano que regale un pequeño ataúd a unos recién casados de mierda, y que también reconozca que escribe sobre sí mismo y bebe demasiado. Tal vez cuando alguien se apoya en la esquina del siguiente callejón “la muerte [sea] el único sitio adonde ir”.


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ