El moridero

M. Á. Contreras Betancor|

 

Era la primera vez que veía a una persona moribunda pero caminando.

Trabajar en un archivo que custodia los datos de niños y adolescentes desaparecidos, sea por voluntad propia –huyendo de horrores familiares–, porque ciertos excrementos humanos han decidido secuestrarlos o porque uno de los padres (en el caso que nos ocupa, dice la protagonista que son las madres las principales responsables) ha tirado por la calle de en medio, instalando en la desesperación a la otra parte que queda angustiada.

Chicos que vuelven (2010) de Mariana Enríquez.

Es una de esas ficciones que se parecen tanto a la realidad que resulta complicado deslindar el hecho creativo de la crónica negra. Una realidad pasada por el tamiz de la ficción oscura, pero con matices que sitúan la trama –insisto– entre la novela negra y…

Merchi, la protagonista ha sido destinada a la sede de un archivo donde se custodia y actualizan los datos ¿lo dije antes?, pues eso parece, mas no tema que por más que repitiera no creo que usted llegue a descubrir –lea– el todo que envuelve este relato, porque no me refiero a una novela, sino a un relato largo, esa modalidad literaria tan complicada porque requiere del autor toda su capacidad (lo llaman oficio) y concentración para que su historia se desarrolle en un espacio muy pequeño; para que esté concentrada como la mejor de las salsas posibles.

No está Merchi sola en ese universo, incluso una de sus compañeras resulta que es una“psicóloga social en indignación permanente” atrapada en un discurso rebosante de “explicaciones sencillas pero arrogantes”. Habrá, además, un momento en el que la ínclita Graciela saque a pasear cierto bicho que muchos llevan dentro.

Ambientada en Buenos Aires, un periodista de la sección de Sucesos, Pedro, estará al quite, se hará famoso –uhmmm– y levantará el vuelo.

Se me olvidaba un detalle (no es un detalle y tampoco lo había olvidado, pero quién sabe) que tiene que ver con los bebés, niños y adolescentes que han desaparecido y que…


©Texto. M.Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ