Cola cursiva

M. Á. Contreras Betancor|

 

Una de las mejores cosas de la pereza es que trae muy pocas consecuencias.

Un aroma, cierto perfume… Diría que el objeto de estas líneas resulta una fragancia que se esparce a lo largo y ancho de la superficie que desgrana la historia de la que se nutre este espacio. Podría afirmar que la lectura de este ejercicio ficcional siente tanto apego por la realidad, que en esos prados asienta toda la cimentación para deleite general (de aquellos que disfrutan de los arcanos del género).

Sánchez (Anagrama, 2019) de Esther García Llovet.

Nikki es un personaje con el donaire que caracteriza al Bellón del gran Ibáñez (Julián). Ella que fuera dueña del bar La Racha y filóloga en una vida anterior ¿Y qué tiene que ver la filología con los bares?, le preguntan y antes de que se diluya el interrogante, salta con un “La filología no tiene que ver con nada”, aunque todos sabemos que la racionalidad es una estantería donde ubicar unos principios –que si fuera preciso– cambiamos por otros principios hasta que el referéndum concluya con un final feliz. Pero ese no es el quid. Es otro.

Transita la historia entre la antigua desesperación de Sánchez, un tipo tan guapo que leía tebeos a tres tintas “con su amigo imaginario”, pero como sucede cuando pasan cosas, la vida toma decisiones –porque de algo hay que culpar a los conceptos– y así el interfecto se sacude las responsabilidades y llegamos a la estación término con el resuello justo y los bolsillos exhaustos.

Un galgo con un aullido del siglo XVII. La costumbre de planear el asalto a una sucursal bancaria como ejemplo de lo que Nikki califica de un “error muy común, y muy contemporáneo”.

Se llega al final con cierto regusto a la atmósfera del maestro antes mencionado, del negro con buena salud calibrando lo que hay de cierto en una suerte de afirmación que extiende la idea de que las rotondas son miles de puntos suspensivos a la manera de “esas indecisiones tan españolas”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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