El sueño no quiere acostarse

M. Á. Contreras Betancor

 

Éramos como hombres que por un pantano de inmunda oscuridad avanzan tanteando.

Atrapado entre barrotes contra la voluntad, resulta una experiencia llena de claroscuros; no existe, o al menos desconozco, una asociación de ciudadanos dispuestos a dar con sus huesos en un penal, ni por un día, seis horas o treinta años. No hay constancia científica de que sobrevivir a una pena de cárcel convierta al reo en un tipo arrepentido: No crea a quienes afirman lo contrario. Pero si lo dicho hasta ahora no es de su agrado ¿Cómo imaginar la estancia prisionera de un hombre que no ha hecho mal a nadie?

La balada de la cárcel de Reading (1898) de Oscar Wilde.

La época victoriana que tantas muescas de miseria dejó a su paso, arrasó con uno de los mayores exponentes de la literatura universal, porque él hizo algo que otros hacían … que pocos se daban por enterados; que muchos sabían que otros tantos conocían de su existencia ¡Hipócritas!, gritan tras el muro, junto al río, sobre el húmedo tejado de una mansión desvencijada, mientras un leve susurro adormece la memoria, calma un instante que regresa al sobresalto, al desconcierto.

Aquel hombre había matado lo que amaba, y por eso debía morir”, recuerda Wilde desde el lejano destino al que partió cuando abandonó Reading; evoca el dramaturgo aquellos días entre los fríos muros cuando el viento gimiente rondaba “peregrino en torno al lloroso muro de la cárcel” y una vida descontaba el tiempo que restaba y los guardianes mudos ante el reo muerto en vida, convertido “su rostro en una máscara. Porque, si no, podría conmoverse y tratar de confortar y consolar” a quien se va, dando una pátina de piedad humana.

Él comprende, ¿quién mejor, si no? “Pues quien vive más de una vida más de una muerte ha de morir”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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