Bandera de frivolidades

M. Á. Contreras Betancor|

 

Ripoche, el que tiene culo tiene coche.

Las ciudades conservan, aunque sea en la memoria de los más viejos, algún espacio público que se caracterizó por el motivo que fuera, convirtiéndose durante un tiempo en el epicentro de las vidas de unos cuantos seres que destacaron por las razones más variopintas, siempre alejados de los santuarios del biempensante. En esos lugares se consagraron cantamañanas del quiero y no puedo, rateros del descuido ajeno, chulos playeros a la caza de nórdicas con carencias, apetencias o ausencias cálidas, que se dejaron caer por este asirocado archipiélago y de las que jamás se volvió a tener noticias. Hubo de todo, incluso simples visitantes locales que disfrutaban con la observación, el ir y venir a modo de pantalla cinematográfica desde la primera fila de los patios de butacas que ocupaban el espacio del parque.

Catalina Park (Plaza & Janés, 1975) de Orlando Hernández (1936-1997)

Guardo el recuerdo del escritor con su inseparable pañuelo anudado alrededor del cuello, su bigote y la gorra. Un autor y dramaturgo grancanario que hizo un retrato amplio y cariñoso pero también descarnado, del paisanaje local y visitante, que convirtió el Parque Santa Catalina en lo que fue y no sé si lo que ahora es, medio siglo después de muchas cosas. Describe el escritor que Catalina Park se divide en dos zonas con una especie de raya divisoria que marca la calle Ripoche (o Ripoche Street, según el autor) “Algo así como dos Berlines, pero sin su muro y a lo suave”.

Transitan el espacio tipos como El Moreno, Chascaritas o Juanele el bizco mientras “seis o siete maricas” gritan ¡Huyy! con un regodeo compasivo que les importaba un carajo, tras ser testigos de la enésima bronca, al estilo de esas que sólo se dan cuando más que el amor, lo que está en juego es un retiro momentáneo y unos dineros que, quién sabe, a lo mejor allanan otros caminos.

Siembra Orlando Hernández su texto de múltiples citas literarias que adornan el escenario –recuerde que era dramaturgo–, a veces en exceso, pero al fin y a la postre, crear es un acto de independencia y que guste o lo contrario, sólo una opinión. De entre los que por el texto pasan, está Gabriel, un cubano que se consideraba, por lo menos “enviado de sí mismo”.

Habrá tiempo durante la lectura de Catalina… de descubrir el intento de promover el Instantismo, un simulacro de manifiesto vanguardista que proponía el aprovechamiento del instante… aunque lo que destroza –cambio de tercio sin avisar– no es el dolor, sino el tener que disfrazarlo. Y va la última, dado que la penúltima es de su responsabilidad: Y Ricardo pensó: “Acaso ciertos escritores no seamos otra cosa que recepcionistas de hotel plantados en cualquier calle, en plena vida, recibiendo, despidiendo gente”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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