El fardo de la vida

M. Á. Contreras Betancor|

 

A veces el quiebro de una frase vale más que la luminosa geometría de un algoritmo narrativo.

Es así o debe ser con estas hechuras, que escribir se convierte en un placer, que de tantas veces repetidos, en tan pocas ocasiones puede disfrutarse: “No hay quizá mayor logro literario que conseguir que un sustantivo adquiera toda la mágica potencia que tuvo en sus orígenes”, como tras leer el texto que ocupa estas líneas.

El huerto de Emerson (Tusquets, 2021) de Luis Landero.

Ignoro y la verdad es que me importa un pimiento, si este último texto de Landero resulta la conclusión de toda su carrera literaria, casi vital; no sé, y poco me importa, si este huerto por el que he transitado mientras el regusto por su lectura me ha dado razones para seguir, nada tiene que ver con las inexistentes lechugas de Ralph Waldo… (broma inclusive). Y sí me importa cuando el autor extremeño traza “No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la vedad”. Y si esa declaración no fuera suficiente, porque siempre habrá alguien para quien el trabajo ajeno nunca aporta más de lo que él mismo sería incapaz –sí, incapaz–, sirva decir que tal vez escribir sea el resultado de recolectar lechugas de huertos ajenos, porque al final somos lo que leemos, escuchamos, intuimos y sembramos.

Landero hace de este su huerto el prado por el que viaja a lomos de su existencia como si de unas memorias fuera, pero sin que, tal vez, haya leído el final, creo más bien, que a lo largo de las páginas demuestra poseer la esencia de cómo se es cuando el honor y la honradez están presentes: “Nunca he leído para ser un gran profesor, o para construir un edificio de conocimiento, y si algo perseguía en mis lecturas, (…) era ensanchar mi imaginación y mi horizonte de escritor”. Efectivamente, son la honradez y el honor, las divisas que marcan el devenir de El huerto…, posiblemente un hecho digno de ser mencionado y recordado.

Que el también autor de Lluvia fina, además de hacer disfrutar con su prosa, hable de sí mismo sin medias tintas, a mí siempre me ha gustado más soñar la vida que vivirla”, y además ofrezca una clase magistral de coherencia vital y de imposible taller literario (porque no existe tal cosa si de escribir se trata) cuando dice: “yo soy de los que viven, archivan en la memoria, y luego, al recordar, me lo reinvento casi todo”.

Y para evitar algún pecado como el de enfangarme en el mero lenguaje o en la “magia envolvente de la sintaxis y de las palabras que acaso deslumbran, sí, pero no alumbran ni dan un poco de calor”, doy por finalizado este instante. Suya es la posibilidad de disfrutar del original.


© Miguel Ángel Contreras Betancor

© Revista CONTRALUZ