Literatura de cobro revertido

M. Á. Contreras Betancor|

 

Las sorpresas no cesan a pesar de los cumpleaños que se van acumulando, incluso estorbando. Que eso sea bueno u otro caldo de cultivo propicio para la desesperanza y el hastío absoluto, es una valoración individual que dependerá del grado de lo que fuere necesario. ¿Qué hacer con la inocencia?, pues no sé, tal vez si las canas resultan el único rastro de cabello que coloniza el cuerpo, se me ocurre que el rasurado integral o un colorante respetuoso con el medio ambiente, sean algunas de las soluciones para mitigar su presencia. Claro, que tampoco es plan tirar por la borda vital los restos de tiempos pretéritos: La inocencia que suma añadas es experiencia existencial digna de protección.

Continuando con lo que a todas luces parece una digresión, me tomo la libertad de introducir un asunto que despierta mi interés y espero que el del lector: La participación del escritor –no importa su edad– en eventos literarios –no importa de qué editorial– que ofrecen como premio –no importa el valor o su prestigio– la publicación del texto participante. Estos asuntos suelen llevar el pomposo nombre de Antología para un todo perfecto, Antología de relatos intertextuales; Antología del ser y la necesidad y en los casos más atrevidos, porque siempre habrá un editor sin miedo a nada, llamará a lo suyo: Recopilación en prosa de asuntos varios. Hasta aquí todo en orden, luego estará la incertidumbre ¿Será el mío uno de los elegidos?, ¿Persistirá la fama en su mal gusto de mierda y pasará de mí?; ¿Y el jurado, qué coño puedo esperar de ese jurado? Evidentemente, esta última duda es fruto del nerviosismo porque él tiene claro que lo suyo es otra cosa.

La hermandad del párrafo

No existe constancia –ni siquiera en los archivos secretos del Vaticano– que la de editor y escritor sean oficios (en opinión de Luis Landero, ser escritor no cumple los requisitos para considerarse un oficio) de obligado desempeño entre un grupo de elegidos (ungidos sería un adjetivo más acorde), y por tanto se entiende que quien opta por alguna de las posibilidades o incluso se agarra a las dos, lo hace plenamente consciente de que lo suyo será un camino lleno de espinas, incomprensión, ahogos económicos un día sí y el otro también, pitos y flautas. Que el editor que elige tal vía para su sustento físico amén del goce estético, –respeto esa profesión y me enorgullece afirmar que tengo un gran amigo en tales lides– tiene claro que la llegada de ese autor que lo saque de la pobreza es un objetivo de lo más decente, pero que se hace real en tan pocos casos, que es más fácil hallar un billete de quinientos euros entre los restos de un accidente nuclear. Pero no quiero que este texto destile angustia y desesperación, no.

Mi objetivo no es otro que describir la tristeza que supuso para quien esto escribe ser testigo de una tomadura de pelo por parte de alguien a quien respetaba y con quien había colaborado en varias ocasiones; de un tipo por el que sentía cierta empatía y del que jamás sospeché –hasta el día de autos– que fuera un pringado con aires de bondad. Que todo su discurso no fuera otra cosa que un trampantojo de escaso presupuesto y terminación cutre, tanto, que se notan las uniones con pegamento de carpintero encontrado entre los escombros de la explosión antes mencionada.

En algún momento, tras la sorpresa inicial, llegué a pensar que yo debía ser un tipo extremadamente ingenuo o terriblemente idiota por encajar de tan mal grado la propuesta del editor de marras. ¡Coño!, pero si tu relato es uno de los elegidos para la gloria efímera de una antología… Incluso mis neuronas llegaron a increparme ante unos escrúpulos que se revolvían entre golpes de teclas y borrones: “Chaval, eso que te pide no es otra cosa que una muestra de apoyo a la industria que ambos comparten”. Y casi, casi me dejo arrastrar por el puñetero ego, casi me vence mi espíritu de oenegé. Casi estuve a un tris de soltar el ‘óbolo cultural’ porque así también pasaría a la historia del buen rollito entre aquellos que conforman la hermandad del párrafo, sería uno de ellos. De ellos a quienes entiendo que tendrán sus motivos, ni buenos ni malos, para corresponder afirmativamente a la llamada del editor. Es posible que un servidor haya malinterpretado el gesto.

Desde hace años, muchos de los que pululamos por el hábitat literario no aguantamos las risas y algún que otro comentario ácido cuando se acerca la fecha de concesión de un premio planetario, a pesar de los vanos intentos de ciertos gurús por borrar cualquier atisbo de sombra en la decisión que toma el jurado de turno.

Sé que en el universo literario existe gente honrada a carta cabal y hago tal afirmación sin duda alguna y con una sonrisa en todo su esplendor, pero luego se encuentran estos marrulleros de verbo trigueño dispuestos a hacer un ‘favor’ cuando nadie se lo ha pedido, eso sí, sea usted tan amable de mantener el asunto bajo siete llaves, no vayamos a sufrir algún sobresalto por culpa de un flojo dispuesto a sacar de contexto tal sacrificio en el sentido opuesto al movimiento de las agujas del reloj. ¿Acepta la ‘llamada’ a cobro revertido?


©M. Á. Contreras Betancor

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