Precoz derrota

M. Á. Contreras Betancor|

Cuántas cosas aprendí a decir y a silenciar, aunque no coincidieran con mis sentimientos.

La soledad es una compañera de humor voluble, caprichosa, tormentosa, esquiva… a veces recuerda los sinsabores de una molestia estomacal tras dar buena cuenta de un exquisito potaje de garbanzos. Pero de la soledad y con la soledad todos aprendemos –al menos se nos presenta la oportunidad de hacerlo– y son esos momentos claves los que van formando el entramado del ser humano joven, inocente, crédulo. “No había amado a nadie, no sabía lo que era el amor”, afirma Eva, la pieza central de Demonios familiares (Destino, 2014) de Ana María Matute (1925-2014), una novela inacabada pero no así una obra manca, aunque el final deje ese poso tan parecido a la sensación de un beso que no llegó a tiempo.

Por ahí se escuchan los tímidos sonidos de una Guerra Civil que está llegando al pueblo en el que se desarrolla la trama, de unas llamaradas que abren las páginas, de aquel espejo inclinado que deja ver lo que el observador quiere ver, un hombre que se despertaba gritando al creer oír el llanto de un niño, pero ¿qué niño?

El Coronel presente a la par que ausente, el padre de Eva, de quien ella recuerda el silencio como la “conversación más apasionada” entre ambos. Y la contienda de la que la joven algo rebelde, al menos durante un año, era consciente porque ocurría a su alrededor “sin tocarme directamente”, dice ella, la narradora que habría dicho más si la mano que la guiaba hubiera tenido la oportunidad de brindarnos la continuación, que no la conclusión, de una historia que son varias. Que habrían sido.


© Miguel Ángel Contreras Betancor

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