Malditas consideraciones

M. Á. Contreras Betancor|

 

Las iniciativas particulares deben supeditarse (…) a las autoridades.

Una de las mejores fórmulas para alcanzar cierta notoriedad no es otra que el uso mesurado de la razón que tendrá como respuesta un ataque indiscriminado de gentes poseídas por la sinrazón. Pero antes de llegar a ese punto de no retorno, un estado de placidez a la manera de lo que sucede cuando el ojo de una tormenta atroz se posa sobre la zona que está siendo arrasada: Se inundará el hábitat de una paz celestial, pero no se deje engañar, lo peor está por llegar, sobre todo cuando el alcalde de la urbe zarandeada, afirma pomposamente:“En nuestra ciudad reina un loable espíritu de tolerancia que es el auténtico espíritu de ciudadanía”. ¿A qué dan ganas de adoptarlo?

En Un enemigo del pueblo (1882), el dramaturgo noruego Henrik Ibsen, retrata de forma clara y descarnada –no tema por la sangre–, la supuesta Arcadia ubicada en algún rincón de Noruega (o en algún lugar cerca de donde usted vive) que está disfrutando de las primeras mieles que ofrece su balneario, cuya existencia se debe al empeño del doctor Stockmann, un galeno que se desvive por el bien de su ciudad natal, de la que su hermano es el alcalde.

Alrededor de Thomas –el médico– se irá creando cierto ambiente hostil por culpa del empeño de aquel de no dar la espalda a la realidad, concepto éste algo voluble si cuando de preservar y aumentar los dineros se trata. Aparecerán también por la escena la figura del notario social, más conocido como periodista, encarnado en la figura de Hovstad, director de ‘La voz del pueblo’, quien no pierde ocasión de plantear sus anhelos de justicia social: “Entraña una gran responsabilidad para un periodista perder cualquier coyuntura de trabajar por la emancipación de los débiles, de los oprimidos”, afirma, mientras el asunto no suponga una alteración del ritmo adecuado del tejido social que tanto preocupan a los gestores.

Como señalaba más arriba, la paz antes descrita se verá alterada por culpa, porque siempre hay un culpable, del buen doctor y sus ansias de decencia porque él cree que cuenta con una “mayoría compacta”, según le suelta Aslaksen, ejemplo de esas almas vivas que todos querríamos tener… muy lejos. La cosa se pondrá mal, muy negra, para el doctor y su familia, generando incertidumbres que mutan a miedo “¿De qué te sirve la razón si no tienes el poder?”, le pregunta su esposa a un Thomas que, ahora sí, ve como aquellos que lo animaron a sostener la verdad, la razón, son los mismos que sufren una… Sea usted quien termine la frase.


©Miguel Ángel Contreras Betancor

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