Literatura y meteorología

Miguel Ángel Contreras Betancor|

 

Leer por placer y no por obligación. Declaración de principios. Nada por aquí, y aún menos, por allá. Se escoge una novela por azar o ‘necesidad’ y las páginas comienzan a mostrar su vida; arrebatadora en unas ocasiones, de baja intensidad en otras; con una decoración acorde a los tiempos que corren o rebosante de cierto minimalismo. Elijo un texto y mis ojos recorren caminos sin importar el estado del firme, porque lo destacable debe ser el trayecto, cada una de las etapas… Me tienta la digresión; estoy al borde de irme hacia otro lado pero embrido adecuadamente. Llega el control –aparentemente–.

Me pierden los preámbulos. Avisado queda

He tenido la suerte de asistir a varias jornadas sobre la enseñanza de la Lengua y la Literatura en Canarias, unos días intensos que sirvieron para aclarar algún que otro concepto, descubrir varias sorpresas (alguna no muy agradable) y reflexionar, sobre todo esto último, porque andamos faltos de ese tiempo necesario para asimilar lo escrito y casi todo lo que oímos. Por cierto, y con el fin de evitar cierta zozobra entre algún que otro lector, aclaro que una de esas sorpresas poco edificantes tuvo que ver con la escasa participación de profesores, mas no quisiera pensar que existió una relación directa por el motivo de que el evento se celebrara un viernes en horario de tarde y el sábado por la mañana. Imagino que el cansancio laboral jugó sus cartas.

Entremos en materia sin anestesia

Recuerdo que algunos de los allí presentes, como profesores y gentes apegadas a las Letras, mostraron una gran preocupación por el estado de salud del aprendizaje de la asignatura de Lengua y Literatura española. Hago un alto para apuntar que muchos de los asistentes reclamamos la sustitución del término castellana por española, por ser la denominación ajustada a la realidad, si bien, todos deberíamos saber que la realidad es un trampantojo envuelto en un saco de amarga ironía. Hecha la parada, regreso.

La mencionada inquietud aumentó varios enteros cuando uno de los docentes participantes refirió que algunos colegas (y no sólo profesores peninsulares con un grave despiste emocional: los iletrados no tienen frontera) de Enseñanza infantil estaban empeñados en introducir la Segunda persona del plural –vosotros– entre esos pequeños alumnos, demostrando con ello unos prejuicios rebosantes de ignorancia con respecto al uso que hacemos los canarios del pronombre sujeto para expresar la segunda persona –ustedes–. Son esos seres, unos adalides del cambio de la norma porque sí, porque ellos entienden que mantener tales usos condena a las futuras generaciones al abismo del Sur apolillado; de ese espacio geográfico y mental que según su parecer, está condenado al arrastre de gruesas cadenas de consonantes y vocales sin gracia, en lugar de las zetas sonoras y las ces pronunciadas como Dios manda. De lo que se trata es de no imponer el uso, so pena de retirada de paguitas y otras ayudas, de ese español que tales lumbreras entienden como el summum de lo culto (o de la jerga por la que salivan los hijos de las estrellas verdes). No animo a que se organicen comandos de lingüistas –en comisión de servicios debidamente reglamentada– con las pupilas hinchadas en sangre buscando al malhablado, que tras ser  identificado, es conducido hasta cierta instalación oficial para ser sometido a una cura de desintoxicación a base de proyectar todos los episodios de aquel gran programa –un excelente espacio divulgativo– conducido por Fernando Sánchez Dragó que se emitía desde la Biblioteca Nacional. No se asuste… 

Y aclaro, que es presente de indicativo

No existe mayor riqueza en el uso, tanto escrito como hablado de la Lengua española, que las variantes del idioma existentes a lo largo y ancho de la geografía nacional: andaluces, murcianos, castellanos de arriba y abajo… y entre ellos, claro está, se encuentran los canarios. Ay, los canarismos, que en muchas ocasiones son las víctimas de un virus portador de una cepa rebelde, con mala leche y una legión de seguidores: los vulgarismos. Un aspecto que hace estragos gracias a la televisión autonómica que visto, mas pareciera una república independiente defensora incondicional de un léxico propio ‘der’ y por ‘er’pueblo; ajena a cualquier escrutinio y sorda ante critica alguna. Como paradigma de lo dicho ronda por su alta definición algún que otro programa, que según sus creadores, se “fundamenta en unos guiones de humor blanco…”. Ahí está la clave…

En múltiples ocasiones –las jornadas señaladas– se levantaron voces pidiendo al Gobierno regional que suspendiera la emisión del dichoso espacio, una propuesta televisiva donde se dan cita gran parte de los tópicos más rancios y cutres que puedan oírse, reducto digital en el que se masacra el idioma común para mayor gloria de la nada con el beneplácito oficial. Algunos gritarán ¡censura!, otros pedirán cordura.

Un sinvivir que no acaba aquí y que trae reminiscencias ingratas (no afirmo que en Canarias se cojee de esa extremidad), miserables y algo más, porque no se puede llamar de otra manera la justificación con la que golpean aquellos gobernantes regionales en cuyo espacio geográfico existen lenguas vernáculas además del idioma común: el español. Sostienen esos cerebros ‘privilegiados’ para esquivar su obligación de la enseñanza en la lengua de Cervantes y Galdós, que los alumnos hispanohablantes llegan a su etapa académica sabiendo comunicarse en tal idioma, por lo que ellos –la sufrida administración regional– está en la obligación moral y ¡legal! de volcar todos sus esfuerzos en la promoción del idioma regional, so pena de una irremisible desaparición, entrando aquí en el espacio reservado a la fe.

Con un argumento tramposo resumido en las líneas anteriores sólo cabe responder de la siguiente manera. Que ese alumno incorporado a la enseñanza sepa hablar y escribir –con las carencias que hacen sangrar los ojos y llorar a los oídos– no resulta efectivo para la adquisición de los rudimentos precisos y exhaustivos que proporciona el conocimiento reglado, haciendo necesario e imperativo, su derecho a recibir la formación e información de la lengua común y mayoritaria desde la perspectiva académica. Debe poseer las herramientas del español normalizado como de la variante regional, enriqueciendo así todo su bagaje cultural. Y con un propósito meramente informativo (que no exhaustivo), me remitiré a varios ejemplos adoptados por la variante canaria. En primer lugar tenemos Alongar, un canarismo que en su primera acepción dice: Echar hacia delante el tronco y la cabeza, apartándolos bastante de su posición vertical (Diccionario Básico de Canarios-DBC). A modo de curiosidad, se trata de una voz muy frecuente en el español medieval que ha permanecido en el habla de las Islas. Mas si el alumno usa esta palabra también deberá conocer que existe Asomar, como sucede con Cachimba [Pipa],Tolete [Tonto] o Sorimba [Turbación del ánimo; Lluvia menuda]. Pero abundando en el tema, sería imperdonable dejar atrás la influencia del inglés en el léxico de este asirocado archipiélago, y en ese apartado tenemos unos cuantos ejemplos que recoge el ya mencionado DBC (Academia Canaria de la Lengua). Comenzamos por Naife [KnifeCuchillo o navaja grande. Tifar [ThiefRobarFonil [FunnelEmbudo, y por último esta palabra de gran calado marítimo, Cambullón [Can buy onTráfico de mercancías que consiste en cambiar o vender distintos productos en los barcos atracados o fondeados en los puertos, especialmente a los tripulantes de los buques extranjeros, rozando incluso la ilegalidad. El padre era pescador, pero también se dedicó al cambullón, que le daba más dineroTeniendo en cuenta los ejemplos descritos y tal como apunto más arriba, el vocabulario del alumno se enriquecerá, la visión del mundo añadirá otro compañero de viaje. Hay que sumar calidad y no propagar el virus de la mediocridad.

Ignoro si este es el momento idóneo para hablar del trabajo de los profesores de Lengua española atrapados desde tiempo inmemorial en la obligación de ejecutar la programación a desarrollar cada curso, pero tengo la impresión que desde tiempo inmemorial se pretende reconvertirlos (sin la mala suerte del pobre de Gregor Samsa) en gestores administrativos de contenidos, frustrando al docente con ganas y aliviando al licenciado indolente. No obstante, hay esperanza –o debemos tener esperanza– porque de lo contrario, el destino nos conducirá a todos en dirección a las sentinas de la historia.

Vayamos al meollo. La cátedra la sienta otro

Si hasta ahora me he centrado en aspectos formales –vaya con el escritor– las siguientes líneas tienen como protagonista una ciencia que vista de golpe y porrazo no parece maridar con la literatura. Me refiero a la meteorología. Y afinando un poco más, centraré mi opinión en un fenómeno meteorológico muy conocido por todos los canarios: la panza de burro.

De candente actualidad desde hace unos meses, la susodicha barriga no es otra cosa que un mar de nubes bajas por cortesía de los vientos alisios que impiden nuestro fallecimiento por una insolación subtropical de no menearse. Pero también existe otro motivo para tratar de lo que sigue, acorde con la finalidad de Revista CONTRALUZ, tal y como reza en la cabecera de esta publicación digital:“reflexionar en torno a la literatura”.

Leída con cautela y pasando cada una de sus páginas con el respeto que merece una obra literaria, porque como afirmó Pérez Galdós, “Imagen de la vida es la Novela”, sea del gusto o no del leedor, debo reconocer que la experiencia no ha resultado placentera. Creo que esta propuesta en la que se describen las angustias y deseos vitales de ella –y su bulimia– y la narradora, de dos niñas que se pierden por los riscos de su pueblo. Que descubren el deseo; viven con sendas familias al borde de la desesperación vital en un entorno cerrado y con esas nubes bajas que impiden el paso del sol, pero sobre todo, por lo que algunos han entendido como una original apuesta por el lenguaje, resulta un ejemplo de a qué nos referimos cuando hablamos del totum revolutum, de un potaje en el que se transita del canarismo –enriquecedor del idioma común– a la bofetada de los ingentes vulgarismos que pueblan las páginas de la novela, como si tal solución fuera el bálsamo que todo lo cura, que tanta risa provoca. Resulta que la lectura tiene muchas similitudes con lo que se da en llamar un producto de laboratorio, –en este caso, emparentado con el exotismo léxico– que, consciente o no, ancla al ideario común una imagen de Canarias atestada de tópicos. Supone un punto de encuentro en el que se congregan los lugares comunes, el folclorismo más rancio. Y ahí están los personajes principales. Dos criaturas escolarizadas, que leído lo leído, debería provocar una reflexión en torno a qué está pasando en el sistema público de Enseñanza, (transferido a la comunidad autónoma de marras, Constitución mediante) cuando en pleno siglo XXI (y no importa que el hábitat sea rural, urbano o entrambos) tenemos estos resultados (líbreme el Altísimo de generalizar).

Evidentemente, y dado los tiempos que corren, rebosantes de inspectores, observadores y mediadores que luchan por ocupar el espacio del inquisidor más tonto, se hace necesario aclarar que la opinión aquí vertida no pretende ser un aldabonazo en las conciencias ni una luz roja de peligro para salvaguardar esencias espirituales; que de casa hay que venir llorado y con el libro de texto sin subrayar. No obstante, llegados hasta esta orilla, sólo me cabe recordar que la panza de burro es un fenómeno meteorológico que puede ser fuente para la creación literaria como lo es el sonido que emite un silbato en la lejanía de una antigua estación de ferrocarril. O vaya usted a saber.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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