Y se tiró un pedo

Miguel Ángel Contreras Betancor|

 

Mi misión no consiste en alimentar el vicio, el desenfreno, la lujuria…

Honorio Sigüenza tiene una zapatería y tal vez un compromiso ético y moral del que está muy orgulloso y por el que se deja la piel de la entrepierna. Este personaje vive solo, lleva una existencia aferrada a un método, unas costumbres, casi, unas manías que hacen de su existencia un paso por este mundo lleno de ‘alegrías’, incluso, Honorio es capaz de situar los “dedos sobre sus pezones, apretándolos ligeramente como quien toca el timbre a horas improcedentes”.

El pecador impecable (1986) de Manuel Hidalgo.

La sonrisa vertical fue el nombre de un premio –y una colección– de novela erótica que dio algunas alegrías hasta que la editorial que lo patrocinaba decidió cambiar el rictus de sus seguidores –o de algunos– mutando a una triste horizontalidad, pero mientras ese momento estaba por llegar, dejó una joya como la que ocupa este espacio gracias al cariño con el que el autor trata, no sólo al personaje principal; también está el cuidado del resto de participantes en esta historia de soledades, anhelos, mentiras (pocas) y cierto cuesco lanzado sin ánimo de ofender. Hace Hidalgo un retrato del entorno en el que se mueve el restañador de ausencias, de hemorragias vitales, en el que nos abre dormitorios que son como museos diocesanos, acerca el sacrificio de uno por el bien de “nuestro matrimonio”, e incluso, hace realidad un sueño de Honorio durante su baja por enfermedad que resulta como agua bendita. Que luego el pobre tenga un traspié… es algo que no se podía prever. Gran novela.


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ