Ciudad de penumbras

M. Á. Contreras Betancor|

 

Siempre hay sangre al final del camino literario.

Cada novela, un mundo, cada página, un microcosmos; y la frase que detiene la mirada porque ha sido capaz de congelar un instante, no es otra cosa que un momento placentero por inolvidable, porque ha hecho las veces de un contenedor que atesora “la luz de la memoria y la bruma del olvido”. No es fácil alcanzar esa cima, porque la buena literatura es mucho más que un ejercicio estilístico –aclarando, que casi siempre hay que hacerlo–.

El Castillito de los irlandeses (Ediciones Rubeo, 2020) de Sergio Calle Llorens.

Tener los rudimentos para ejercitar las habilidades de un género literario requiere su tiempo. Hacerlo bien, aún más. Alcanzar la excelencia va más allá de cruzar el particular Rubicón… pero si además de uno, el escritor decide aunar las variables que supone poner en práctica las querencias por otros caminos literarios, eso tiene dos finales posibles: Suicidio por atrevimiento con golpe frontolateral o brillante demostración de cómo maridar –gastronomía textual– aplicando pequeñas dosis a la manera de tapas para la degustación de paladares exquisitos. Si hubiera alguna duda, no hay mejor ejemplo para despejarla que El Castillo, un viaje por el negro del año 1958, unas pinceladas góticas situadas a lo largo del ‘lienzo’, salpimentadas con los destellos de la ficción científica (multiversos mediante , y todo ello desarrollado en un escenario con nombre de ciudad: Málaga.

El profesor Arjona, la desconsolada Marieta, los Parcerisa. Unos agentes de la ley (Palacios y O’Donnell) diseñados sin estridencias y pulso firme, cierta suegra (mother in law); las descripciones de la urbe mediterránea y esas frases a las que antes me referí: “Caminaba con un hilo de elegancia irrompible”, “La democracia es un abuso de la estadística” –golpe en el hígado–, “El sol pedía su ingreso voluntario en la patria salada”, y esta ‘lápida’ que duele de pura verdad: “El periodismo consiste en contar siempre la misma mentira, y lo único que varía es la fotografía que acompaña a la noticia” (dicho sin acritud y en el contexto, siempre el contexto). Y como no me quiero olvidar, soy capaz de afirmar que la propia novela hace un particular ‘cameo’. ¿Hay más?, evidentemente, pero la experiencia es suya.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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