El nuevo trabajo

Luis Alberto Serrano|

 

Cogió la tarjeta y la miró. Pasó buen rato dudando si llamar, o no, a ese teléfono que sabía que cambiaría su vida irremediablemente. “Acepto el trabajo”, contestó ella tímidamente. Aunque estaba desraizada desde que se quedó viuda, trasladarse de localidad era todo un desastre emocional para ella. Pero no tenía otra oferta más satisfactoria. Es más, no tenía otra oferta. Era trabajo y llevaba tanto tiempo viviendo de unos ahorros que ya casi estaban desapareciendo hasta el punto de haber perdido la fe en encontrar cualquier empleo decente.

Hizo las maletas lentamente, dudando si había hecho lo correcto. Ella se consideraba maestra de ciudad, con niños criados y educados para sobrevivir en la metrópolis. Le inquietaba saber cómo reaccionaría al tener que dar clases a niños educados en ambiente rural. Al rato, se calmó pensando que no debería adelantar acontecimientos. Reconocía su incapacidad para la intuición y había desarrollado un instinto para no pensar antes de la cuenta. “Los hechos que tengan que ser, que vengan y así los aceptaremos”, se dijo a sí misma. Con esa premisa cerró la maleta y se dispuso a dormir su última noche en esa casa que la había acogido tantos años y donde había compartido tantas experiencias con su difunto marido.

La llegada a su nueva morada le resultó sorprendentemente entrañable. Quizás, la tristeza que acumulaba, estaba acrecentando su soledad y el cambio le vendría bien. Percibió que el lugar la hizo sentir bien, en primera instancia. A lo mejor no era intuitiva, pero sí muy observadora. Reconoció en la gente de la comarca unas facciones dulces, una amabilidad que se notaba sin, ni siquiera, haber hablado con ellos. De repente se sintió cómoda, a pesar de que sólo había recorrido el tramo desde la estación al colegio donde la esperaban para presentarla y llevarla a su nueva residencia.

El alboroto que se produjo cuando la vieron la sorprendió y la ayudó a disipar sus miedos. El director del colegio era ‘el otro’ profesor, porque solamente serían ellos dos. Tras anunciarla a la docena de alumnos que tendría, se ofreció a acompañarla a su nueva casa por si necesitase algo. Se sentía halagada y valorada, cosa que hace mucho no la alteraba en su interior. Su nueva casa la dejó encantada. Una vivienda a un lado de la carretera con un jardín lleno de flores mustias que habría que arreglar y la sensación de ser muy acogedora. Mientras hacían una compra de enseres por cuenta del colegio, Don Álvaro, que es como los niños le llamaban, ayudó a la maestra a acomodarse.

Sólo había pasado un día y ya tenía ganas de empezar las clases. Se lo iba a tomar en serio y diseñar un plan para que esos niños tuvieran oportunidades en la gran ciudad. Pronto descubrió que sus inquietudes no iban encaminadas a huir del medio rural, si no a integrarse y mejorarlo. No tardó dos semanas en cambiar de forma de pensar y amoldarse a la comarca. Ese maravilloso mundo que acababa de conocer no debería cambiarse, debería fomentarse y, poco a poco, empezó a revolver su postura ante la vida que la rodeaba.

Llegó su cumpleaños y le hicieron una fiesta. Algunos regalos había en la mesa. Después de la tarta, se dispuso a abrirlos en presencia de los niños, el director, el alcalde y varios padres y madres que acudieron a ese pequeño homenaje. ¡Qué casualidad, todo ropa!, exclamó. Se dio cuenta rápido cual era el mensaje que le estaban mandando: su ropa era demasiado oscura y había que darle un poco más de colorido.

La felicidad estaba entrando en su vida. Y se terminaría de completar una mañana en que, viendo como no terminaban de mejorar las plantas del jardín, el padre de Chusito se brindó a asesorarla. El roce fue haciendo el cariño y cuando le comentó que la madre del niño les había abandonado por un militar y se fue a vivir a la ciudad, ella descubrió que era el momento de rehacer su vida.

Esa noche le pidió permiso a su difunto esposo para continuar viviendo y, no sabe cómo, pero sintió una fuerte sensación de aprobación. Sabe que siempre lo querría pero era la ocasión de volver a florecer. Desde entonces, en esa casa rural fueron creciendo bien regadas, su dueña y las plantas del jardín.


©Texto: Luis Alberto Serrano

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