“La vida de una persona es el instrumento que se utiliza cuando estás escribiendo”

Miguel Ángel Contreras Betancor|

 

Lourdes Ortiz Sánchez (Madrid, 1943), es una de las grandes novelistas españolas, porque escribir, que lo impreso guste y perdure en el tiempo de la memoria, es la condición ¿de cuántas? para que su impronta esté presente. No hace falta hacer ‘ruido’, porque la gente con clase huye de las correrías –tiene tres acepciones y ninguna casa con ella–, sólo disfruta de su oficio, hace que los lectores se metan en los textos y el resto es…, siempre es Literatura.

He tenido la fortuna de mantener una conversación telefónica, una cálida charla con la ensayista, novelista, y dramaturga, en una tarde de otoño, de este otoño de 2020, con esas particularidades que tiene la estación, –y estas singularidades de un año que se resiste a marchar– según se habite en Madrid o Gran Canaria. Hablamos, pero fue ella la que dijo, porque así debe ser.

Siéntate a la luz de un buen candil, apártate del exterior, cierra las puertas y ventanas y delante del papel vacío juega con las letras, mézclalas, permútalas, trastócalas, hasta que tu corazón se exalte y, cuando te des cuenta de que de esa combinación surgen cosas nunca antes dichas ni sabidas, cosas que jamás hubieras podido conocer gracias a la tradición, concentra tu mente y permite que fluya la imaginación”.

Le recuerdo estas palabras de Cidellus, el personaje experimentado (su sabiduría) que aparece entre los párrafos de Urraca, un individuo que apunta lo justo y cuyos consejos, la futura testa coronada atrapa sin sobresaltos. Creo, y así le comento, que esas setenta palabras deben ser la mejor definición sobre lo que significa escribir.

Las cosas que escribimos surgen de repente como una especie de borboteo de palabras que mezclan ideas que ni siquiera una había preconcebido. Salieron en ese momento, quizá pensando en la escritura, pensando en el hecho mismo de estar vivo y escribir, que son dos de las cosas más hermosas que hay”.

Resulta imposible escribir sin estar vivo –aclaración necesaria–. Cuando hago tal afirmación nos reímos porque no me refiero al hecho biológico, sino más bien, al necesario fluir de los sentimientos, de la frescura de los mismos… y ella dice: “La [sangre que corre] por las venas y algo que fluye desde dentro por lo vivido, escuchado, de lo amado, leído y de todo lo sufrido… La vida de una persona es el instrumento que se utiliza después, cuando estás escribiendo”.

Usted es una escritora prolífica y polifacética, tanto como una producción que va del ensayo, la novela, poesía, teatro y hasta las traducciones. Si hubiera que escoger alguna de estas criaturas ¿y por qué hay que elegir?, es probable que alguien se pregunte, y la escritora se enfrenta a la cuestión, sin que el todo mute a un totum revolutum. “Siempre he dicho que me sentía novelista, sobre todo por la razón de que cada novela –algunas de ellas– me ha llevado mucho tiempo, pero como cada vez escribo menos novela, me doy cuenta que todos son formas de ir expresando lo que uno va sintiendo”. Podría decir, que llegados a un momento determinado, lo de menos es la herramienta usada para contar, porque lo fundamental resultan las maneras de “narrar a través del tiempo”.

Tiempos, épocas, y esos instantes que marcan la historia personal, pero que también trazan una cicatriz profunda por estar en el momento preciso, en la época justa para ser testigo directo sin necesidad de acudir a las hemerotecas, de buscar la respuesta en fuentes lejanas con caños oxidados. Y este 2020 ha sido el elegido para ser recordado por la peste que nos acompaña, no obstante, la autora madrileña ha publicado un nuevo trabajo, otra novela histórica que lleva por título Entre el alba y la noche (Ediciones Evohé, 2020), una texto que detiene su mirada sobre Alfonso X en la etapa final de su vida. ¿Con qué monarca se encontrará el lector? Habrá que tener en consideración que para adentrarse en la mente del personaje, de uno tan grande como el que ocupa las líneas de la novela, Lourdes Ortiz se surmegió en las entretelas del creador del Código de las siete partidas, el tiempo que le tocó vivir, para “luego olvidarlo y meterme en la mente del personaje. Hablar desde el interior del sabio coronado. “Reconstruyendo los posibles sentimientos, ideas, cabreos que había tenido a lo largo de su vida. Fue un rey casi encerrado, enfermo en el Alcázar de Sevilla, quieto pero dando vueltas hacia adelante y atrás”, reflexionando en torno a los sucesos más destacados de su existencia.

En esta curiosidad por la historia de España de la autora de Fátima de los naufragios, doy un paso atrás de treinta y ocho años y me refiero a otra gran aportación –allá por 1982– con Urraca, a quien la novelista, entre otros momentos, pone voz para matizar y desterrar esos tópicos que están más próximos al insulto: “Es fastidioso y no resulta estimulante, pero mis asuntos (…) mis gestiones, eran sólo asuntos del reino. Separaciones y reconciliaciones no tenían que ver (…) con románticas historias de alcoba”. La gente piensa todo lo contrario, que esos dimes y diretes son ‘lógicos’ –y no vea usted lo que odio este tipo de reducciones absurdas– en una mujer. El contexto histórico siempre hay que tenerlo en cuenta. Ayer y hoy. “Lo fundamental en la historia del ser humano son los sentimientos. Cuando nos enamoramos y de alguna manera no somos queridos, sufrimos; nos duele la muerte de alguien próximo y cuando tenemos envidia, somos celosos y agresivos. Esos sentimientos perduran y por eso las grandes novelas son eternas. Somos grandes por un lado y pequeñísimos por otro”.

En todos los ámbitos de la vida sucede, y la literatura no se queda al margen, una cierta propensión, casi un empecinamiento, en analizar los hechos del pasado enterrando el contexto histórico y aplicando los valores actuales. ¿Acaso no resulta un error?, pregunto: “No se pueden valorar los acontecimientos, sucesos y costumbres de antaño con los valores de hoy. Podemos ser iguales en las pasiones y sentimientos, entre quien se consideraba mejor guerrero. Creo que desde el rapto de Elena, desde cualquier aspecto de la tragedia griega, están ahí. Porque los sentimientos son los mismos, lo que cambia son las costumbres y los modos de enfrentarnos a las cosas”.

Un salto en el tiempo literario con rumbo al género, a uno muy concreto. Y surge Picadura mortal (1979) y aparece la detective Bárbara Arenas. Llega a Gran Canaria para investigar la desaparición de un empresario tabaquero (inspirada en el secuestro de un Eufemiano Fuentes que se esfumó en 1976). La primera novela negra protagonizada por una mujer detective privada en España. Una buena propuesta que no tuvo más entregas… ¿Tal vez porque como usted afirma: “Los estudiosos de mi obra no amaron demasiado” ese trabajo por entenderlo como un género menor? ¿Los prejuicios otra vez? “Siempre hay. La crítica a veces acierta y a veces se equivoca… Para mí fue un desafío, un juego. Era lectora ( y sigo siendo) de novela policiaca, y de repente aparece el personaje, que surgió en la primera línea del libro con su frase: Apaga y vámonos. Apaga para ver qué pasa y vámonos porque aquí no pasa nada. Una frase que salió de golpe y me dio el carácter de la protagonista”. Contrariamente a lo que se piensa, Ortiz volvió sobre el género con Cara de niño, que por alguno de esas arcanos editoriales no apareció bautizada ni recordada como tal. Búsquela.

El inexorable final, la conclusión, el adiós del momento, llega, arriva con la intención de perdurar entre claves y diálogos binarios. El hasta luego acompañado de una reflexión atemporal de Lourdes Ortiz:

La literatura, la gran literatura, tal vez no pueda cambiar el mundo, ni derrocar poderes, pero hace agujeros, horada las convicciones, las tritura y les da la vuelta, abre interrogantes y, sobre todo, nos ayuda, uno a uno, a todos aquellos que tenemos la suerte de amar los libros, a mirar la realidad y a nosotros mismos, y a no dejar que el engaño, la mentira y la manipulación o las ideas recibidas nos cierren los ojos”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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