La cita

Raimundo Martín Benedicto|

 

Por mucho que digan, y la gente habla mucho, dos cadáveres emparedados no son el mejor reclamo para un restaurante. Quizás por eso lo encontré casi vacío. O no, quién sabe, porque el Lobo siempre había sido un local algo extraño. Clientela a deshoras, paredes húmedas y tres bombillas famélicas, todo teñido de color desasosiego.

Hacía cinco años que no iba por allí y a los dos minutos de haber entrado ya podía notar el olor de la carne descompuesta hiriéndome la parte alta de la nariz. Los juegos de la memoria, ya se sabe.

¿No quedó todo claro, inspector? —me inquirió Román, el camarero. Nunca levantaba la mirada de sus manazas de pelotari retirado.

Me parece que aquí lo único claro es que no ganas un duro y que Luisito se cargó a esas dos. ¿Te queda anís?

Esas dos” eran unas prostitutas que Luisito, su hermano, había acuchillado, envuelto en plástico y ocultado en la bodega, unos pocos metros  por debajo de sus botas del cuarenta y cinco. La prensa había tratado la noticia como “el crimen del Lobo”, engañoso titular con tintes licántropos que alimentó el morbo de la baja sociedad madrileña durante un par de semanas. Ni por todo el oro del mundo habría vuelto allí, pero debía hacerlo porque algunos aún damos importancia al valor de las promesas.

Diez años atrás, al poco de ingresar en la policía, mi mejor amigo y yo prometimos volver a vernos en ese mismo sitio. “A los treinta y cinco”. Él se marchaba al extranjero, con una beca que le daba la oportunidad de trabajar en una prestigiosa industria química. Yo aún pretendía ayudar a conseguir una sociedad mejor. Cerramos nuestro acuerdo con la solemnidad que sólo se exigen los borrachos. Ojos escocidos, manos sobre los hombros y un juramento: beber, otra vez sin límite, acodados en aquella sucia barra de madera. “A los treinta y cinco”. Entonces los parroquianos eran de lo más variopinto pero ahora, una década, dos muertas y mucho desencanto después, había que conformarse con un chino cortejando a la tragaperras, dos albañiles hablando alto y una rubia aparente pero sin clase, seguramente cofrade de las que encontramos asesinadas porque no paraba de invitarme con la mirada.

Ponme otro anís, anda.

Me lo bebí con la misma parsimonia con que me fue servido y muy pocas esperanzas de que Juan viniera. Ya se retrasaba media hora y yo empezaba a enfadarme conmigo mismo por ser tan iluso. Hubo un tiempo en el que las promesas servían para algo y la amistad era para siempre. Al menos eso creía yo antes de conocer lo peor de la esencia humana, la que te hace quemar en un horno a tus hijos pequeños, o servir un plato de jamón cortado con el mismo cuchillo que le atravesó las tripas a una fulana ya agonizante. Situaciones que pueden parecer muy extremas pero que, en realidad, están a un tabique de distancia.

Estaba harto de esperar, del anís y de esa canción de Golpes Bajos que sonaba una y otra vez en la vieja cadena Aiwa que seguía acumulando polvo en el rincón de los licores baratos. Harto de la resignación de los obreros, de la avaricia asiática. De la lluvia, del tráfico y de las miradas mercantiles de aquella rubia desesperada. Dejé unas monedas en la barra, me las volví a meter en el bolsillo y me dirigí a la puerta para librarme de ese hedor a muerte, que ya me cubría como un manto de almíbar recién hervido.

Pasé junto a la rubia en mi precipitada fuga y, ya en la puerta, me di cuenta de que algo no encajaba. El cristal estaba sucio, los marcos oxidados y el tirador roto. Sin embargo, allí no olía a muerte, ni a cerveza rancia, ni a coñac barato, sino a Little Kid, ese perfume tan caro que le habían regalado unas navidades a Juan. Imposible olvidarlo porque se zambullía en él todos los sábados, después de los partidos en la universidad.

¿Ya me has reconocido? Me imaginaba que te acordarías de la colonia.

Sólo pude sonreír y pedir otro anís. La verdad es que esa sombra de ojos no le quedaba nada mal y la noche podía ser muy larga.


©Texto: Raimundo Martín Benedicto

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