Un ser desapercibido

M. Á. Contreras Betancor|

 

Lo de la noche de bodas, Mario, te pongas como te pongas, es algo que no olvidaré.

Cuarenta años desde aquella fría mañana. Una hora para aquel examen de Literatura del que guardo un grato recuerdo; sesenta minutos para dar rienda suelta a mis puntos de vista en torno a Cinco horas con Mario y cierta incertidumbre, la normal, hasta conocer la decisión del tribunal calificador –de la que me siento muy orgulloso–. En el salón de casa aún resonaban los lamentos de Carmen, que se inclinaba, “primero del lado izquierdo, y luego, del lado derecho, fruncía los labios y dejaba volar el beso…

La noche anterior me había apoderado de esa parte de mi casa y cuando todos se habían ido a planchar la oreja, un servidor repasaba la que se me venía encima ocho horas más tarde. No se trata de una aventura que merezca mayor atención –son mis recuerdos– pero es cierto que la novela de Miguel Delibes fue un placer en varios sentidos. En primer lugar, como lector resultó una experiencia novedosa, tanto en cuanto al planteamiento de la historia como al desarrollo de las escenas iniciales, que casi se difuminan desde que Carmen se hace con el control de la narración. Ahí entra en escena la inmensidad delibiana, los trazos firmes que delimitan, no sólo los bordes del dibujo humano, sino, y es lo más importante, el entramado del interior, sea el de ella como la presencia –contundencia de Mario–.

Resultaba inmoral que le llorasen las criadas y los cajistas y no le llorasen sus hijos”.

La distancia que ofrece el paso del tiempo, de cuatro décadas, sirve para, además de deleitarse con la obra del vallisoletano, ofrece como valor añadido la posibilidad de encontrar matices, de observar con mayor calma las esencias de un gran autor, incluso, cuatro décadas más tarde he visto matices, aristas en el discurso principal se habían difuminado entre las urgencias del momento.

En este Primer Centenario de su nacimiento (1920-2020) se derraman elogios, se prodigan declaraciones de amor eterno; durante estos acontecimientos saltan a la palestra los amantes del ir sin haber llegado, la tropa desfilando con sus mejores galas, el encantador de líneas… Bueno, pues que cada cual tire de su hilo hasta que se le acabe el carrete. Ahora va lo que sigue.

Y lo recordaba Carmen cada vez que podía –refiriéndose a su papá–: “Máquinas, quizá no; pero valores espirituales y decencia, para exportar”. Ya sé, ya sé, que no era eso, que el asunto iba por otros derroteros, pero como diría Bertrán:“No era bueno; era un hombre cabal…” Tal vez, un ser desapercibido.

Escriptum est


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

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