El atlas de las percepciones

M. Á. Contreras Betancor|

 

 

Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad.

Y el libro se hizo. Un espacio determinado, limitado, se fue erigiendo en la seña de identidad de historias, anhelos, críticas mordaces y envidias; miserias en todo su esplendor, ataques de cuernos, romances, guías para mitigar la desesperación y avisos a navegantes. El libro se hizo.

El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo antiguo (Siruela, 2020) de Irene Vallejo.

Cuando pensamos en Alejandro Magno nos viene a la memoria una suerte de atlas que no es otra cosa que el extenso “muro donde el conquistador inscribió una y otra vez su recuerdo”. Un recuerdo imperecedero a pesar de los augurios, de cierto olvido –deterioro cognitivo– que en contra de lo usual no invade la geografía gris, que se recupera a pesar del empeño por enterrar el legado común en nombre de una tozuda modernidad que no es otra cosa que el enésimo intento de convertir la ignorancia en el becerro ante el que arrodillarnos.

Realiza Vallejo un espectacular viaje a los orígenes del libro para deleite del aficionado, asombro del neófito y aplauso del experto, mostrando un exquisito cuidado con la escenografía elegida, apuntando los datos precisos sin ese alarde que en general, y particularmente en un ensayo, podría ocasionar si existiera la oportunidad –permítaseme la broma– que la orquesta del Titanic abandonara los instrumentos y huyera en una lancha buscando el mejor de los escenarios donde acabar sus días. Afortunadamente, la doctora en Filología Clásica pone, tanto los recursos literarios como su gran bagaje intelectual, emocional y profesional al servicio del texto, (a modo de curiosidad, en El infinito… el lector descubrirá el origen del tejuelo) y como Borges, su hechizo por la idea de abrazar la totalidad de los libros goza de una excelente salud, sin que se atisbe embrujo alguno.

Y concluyo.

Si los sumerios “empezaron a escribir sobre la tierra que sostenía sus pasos”, visto los resultados contra viento y marea, sólo me resta volver a la escritora para mostrar mi adhesión ante esta reflexión: “El acto de escribir alarga la vida de la memoria”, y puesto que somos memoria, qué mejor que ‘escribir’ con los ojos mientras recorremos las líneas preñadas de vocales y consonantes.


©Texto. M. Á. Contreras Betancor

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