Rima consonante

M. Á. Contreras Betancor|

 

Había personas que pensaban con el rostro.

Los adolescentes son criaturas cuya principal afición consiste en olvidar la etapa anterior, tan rebosante de productos lácteos, preocuparse del cómo, cuándo y con quién (el dónde, se lo chiva un adjunto vía redes sociales, mientras que el por qué… habita en la zona genital). Los adolescentes se reconocen entre ellos porque dejan señales en las paredes de una iglesia; porque marcan los omóplatos de otros adolescentes –muy flojos ellos– con signos inquietantes y sobre todo, porque existen adolescentes que acuden a la consulta de un experto en desbrozar almas.

Mandíbula (Editorial Candaya, 2018) de Mónica Ojeda.

Siendo chiquita, Fernanda tenía cierta querencia por el séptimo arte, tanta, que le acompañaba una excitación que sólo conocía una salida: “masturbarse sobre la tapa del váter” repitiendo diálogos de películas. Fernanda tenía una amiga, Annelise, pero una amiga que mutó a ‘hermana’ desde la más tierna infancia; era unas chicas “sucias de conciencia; siempre desnudas de temores” que estudiaban en un colegio del Opus Dei de Guayaquil (Ecuador). A estas dos chicas de unos quince años de edad –adolescentes ellas– las acompañan como fieles palmeras otras cuatro amiguitas. Por cierto, y digo por cierto, porque pretendo despistar. Pues, por cierto, se debe reconocer el gran trabajo que realiza Ojeda en cuanto a diseccionar a los personajes, pero no a todos, únicamente a varios y aunque pareciera que los tiros van por allí, el lector descubrirá que no, que la radiografía no sólo cuelga de la pared. Un Dios Blanco.

Y está Clara, la profesora de Lengua y Literatura española. En este personaje se dan otro tipo de circunstancias porque ella, más que profesora se considera una “decente correctora de textos” con una “madre muerta que habitaba en su mente”, y con semejante carga, además de otras consideraciones, resulta harto difícil inculcar conocimientos entre unas mentes “nihilistas tropicales”. Clara tuvo una madre (!) que le llamaba Becerra; la futura profesora hija de una profesora, vivió algún que otro episodio más próximo al terror y ese miedo duele… Clara, mas no sé si lo habría hecho, jamás pudo “decirle a su madre que tener miedo era peor que morirse”.

Tengo el cerebro en dentición”.

Permítame una pregunta: “¿Cuál es el único animal que nace de su hija y alumbra a su madre?”


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ