Infame instante

M. Á. Contreras Betancor|

 

Nos han dado tanta patria, que nos han dejado sin país.

Mantener el equilibrio entre un estado de ánimo que pide o casi exige reaccionar de una forma contundente, sin medias palabras ni artificios contables, o persuadir a esa parte contratante que por el bien de todos ¿no sería más inteligente aguantar el chaparrón? Luchar todos los días ante un sinfín de molinos de viento con mando en plaza; batirse en un duelo permanente contra ese poder inmisericorde que hace todo lo posible para que no haya ser humano que le rechiste… es una de las experiencias que no deseo a casi nadie. Y es el hilo conductor con múltiples matices por el que anda…

Mis días sin luz. Diario de la oscuridad (Amazon, 2020), escrito por Golcar Rojas.

Venezuela. aquí está la madre del cordero de un diario que narra la última etapa vital que pasa el autor en su país natal antes de hacer la maleta y mandarse a mudar en busca de un ápice de sosiego, de paz, tranquilidad, agua corriente y suministro eléctrico permanente. Y no, no hay motivos para, ni siquiera, esbozar una tímida sonrisa.

Este trabajo del novelista venezolano –maracucho, él– narra, describe con un acertado despliegue de datos, la insoportable experiencia de intentar sobrevivir en un hábitat urbano y social que se cae a pedazos gracias a quienes, desde el poder, insisten en que la felicidad ha llegado para quedarse a pesar de que tal evidencia se pierda entre los lamentos del pensionista hambriento, del comerciante atrapado entre los malandros oficiales y los aficionados al hurto anónimo y del profesional cualificado, ayer dueño de su destino y hoy, gracias al “fiambre maldito” y sucesores, convertido en una sombra de lo que fuera.

Mis días… rebosa una prosa de gran calidad, sobre todo, si como en mi caso, antes de llegar a este diario, tuve la fortuna de haber leído algunos de sus textos. Golcar derrocha una ingente batería de recursos para hacer llegar al lector hasta los olores que rodean la existencia; acompaña al leedor por las entrañas del “no-país” para que intente comprarse unos zapatos que la noche anterior costaban 16 millones de bolívares y a la mañana siguiente, rondaban los 60 millones. Busca medicamentos que casi nunca encuentra, allí, al fondo, gritan ¡Paaaatriaaaa! hasta la afonía, esos mismos hijos del “fiambre maldito” que sueñan con largarse del paraíso, tras comprobar que el averno se instaló a pensión completa.

¿Llega uno a anhelar el exilio?” ¿Es posible vivir “en esta oscuridad tan cercana al sol” de la que se sale un par de horas al día? Tumbado en su chinchorro, Golcar reflexiona –y sonríe–, se hace preguntas y fija afirmaciones: “Venezuela siempre fue un país provisional”, suena una vuvuzela. Cristian también está, siempre está.

Quisiera vivir en Venezuela y olvidar (…) Olvidar este negro capítulo, este nefasto y largo paréntesis”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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