Nadie en la puerta

M. Á. Contreras Betancor|

 

Gracias a usted hemos pasado un verdadero cuarto de hora cartesiano.

–A propósito, ¿y la cantante calva?.. Y esta pregunta se pierde entre un silencio respetuoso y una cierta incomodidad de la que nadie es responsable, al menos nadie conocido, mas todo está sujeto a revisión, que estos tiempos son tan confusos que ni siquiera alcanzan la excelencia del absurdo. Y por ahí andan la soledad, el paso del tiempo y…

La cantante calva (1950) escrita por Eugene Ionesco.

Seis personajes harán acto de presencia, se pasearán por las escenas de esta primera obra del dramaturgo rumano ¿deleitando? al lector o al espectador, con los chasquidos iniciales del Señor Smith que lee su periódico inglés mientras la Señora Smith habla desde esa posición que únicamente dominan las señoras inglesas. Afirma ella su encanto por el buen trabajo de un médico que elije operarse del hígado antes que su paciente: ¿El resultado?, digamos que excelente para el médico y no tanto para un cliente que pasó a mejor vida. Indignado, afirma el Señor Smith que un médico “concienzudo debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos”.

Entrará en escena el matrimonio Martin, cuya capacidad de asombro no tiene límites hasta el punto de que sentados frente a frente, descubren ciertas similitudes y aspectos íntimos en común. ¿Ha hecho usted el trayecto en tren entre Manchester y Londres?, pruebe, tal vez se encuentre con alguien conocido. Del bombero y la criada se podría hablar, tanto como de Bobby Watson, del primo, el padre o una abuela lejana.

Recomendar la lectura de esta ópera prima del franco-rumano no es complicado, tampoco un compromiso, pero es aconsejable aprovechar la oportunidad de leerla –y si la programa un teatro, no se lo piense– Por cierto, recuerde que por ahí andan Samuel Beckett, Jean Genet y los españoles Miguel Mihura Fernando Arrabal.

–A propósito, ¿y la cantante calva?


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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