El susurro de un adiós

M. Á. Contreras Betancor|

 

Las palabras le alcanzaban turbias de lluvia y de indiferencia.

Dejemos una cosa clara, pero dicha sin acritud: Nadie puede asegurar que el “adiós” mañanero se vea recompensado con una “hola” vespertino. Sé que tal afirmación es el fruto de mi conocido ‘optimismo’, y como tal debe ser entendida. Ahora bien, ¿y si lo dicho es una realidad tan cruda como la evidencia de que todos estamos destinados a morir, a pesar de los pesares, las dietas, el agua sin gas o esos batidos que se asemejan al resultado de una jornada rebosante de excesos tras pasar por el baño? Continuemos.

Asumido que eso es así, imagine el miedo, el terror que se apodera de alguien sin previo aviso: Miedo. Cinco letras que marcan la existencia de una persona a quien la inexistencia de motivos –aunque fuera uno– lo conducirá por una senda que nadie quisiera recorrer. Miedo.

Sin causa aparente (Plataforma Editorial, 2011) de Empar Fernández sobrecoge. Matías provoca angustia porque la situación que le obligan a vivir no es para menos y porque, sobre todo, existe un clima que no puede dejar indiferente a nadie, se trata de esos susurros que “se parecen extraordinariamente a los peores gritos”. Esos susurros que son como adioses que jamás podrán responder a palabras de bienvenida.

La experiencia nos muestra que la mayoría de las tragedias se producen sin avisos previos, sin señales de humo, ni siquiera se recibe un mensaje de texto que insinúe algo. Y cuando no hay nada de nada, aparentemente, puede que aparezca un tal Nasarre que irá haciéndose preguntas, que fijará sus pupilas en las del interlocutor y que llegado el caso, sabe que “suspender las palabras en el aire es la mejor manera de conseguir que no mueran de inmediato”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ