Jardín de péndulos

M. Á. Contreras Betancor|

 

Es mejor parecer ignorante que nostálgico.

¿Qué hacer cuando la patria está hambrienta?, se pregunta un patriota comprometido con su patria mientras mira alrededor y en lugar de hambre y miseria, él sólo ve revolución, internacionalismo y a las amenazantes hordas que apostadas en Miami quieren arrebatar los logros de la patria. Pero ¿qué hacer cuándo quien siente hambre y nada tiene que comer se llama Patria y vive en una isla donde “cada parte del cuerpo (debe) aprender a resistir”? ¿Fallecer mientras grita ¡Patria o Muerte!?

La nada cotidiana (1995) de Zoé Valdés, es la historia de Patria que por amor muta a Yocandra. Es el texto de las vivencias ubicadas en el agobiante, insoportable y tenebroso espacio físico y mental por el que transitan una gran parte de los cubanos. El relato de alguien que padece un “suspiro eterno”, de una narradora que cuenta su existencia, que se implica en la conformación de la historia, podría, pero no es un personaje ficticio, no puede haber ficción donde habita el mayor de los dolores, la peor de las soledades. De quien va al trabajo consciente de que nada hay que hacer, porque nada ha quedado; que llegado el momento de comer, saca su “humillante, en lugar de humeante, almuerzo” y claro, de esa manera sólo puede sobrevivir con el “estómago encharcado o cerrado por reparación”.

Una gran prosa de Valdés –el humor que no falte– hace más llevadera la historia (y las historias) si bien no dejan de verse, de sentirse, los jirones del alma que pueblan cada instante, cada escena. Ambientada en “La Habana-Ciudad Mortaja”, La nada… cuenta que “todos somos culpables de nacimiento”, porque, afirma Patria-Yocandra, en cada una de las acciones personales se van sumando debilidades a esa cuerda que irá aflojando, hasta el punto de que “dejará caer la guillotina que tumbará nuestras cabezas sobre la paja de la historia”. ¿Existe la esperanza?, la respuesta deberá encontrarla –si la busca– usted, de momento, ella, la protagonista, sólo tiene derecho a una bicicleta y a “mi mente”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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