Viene el perro

M. Á. Contreras Betancor|

 

Lo único que hiciste es renunciar a lo que no eras.

A veces los deseos no se cumplen, y cuando eso ocurre, el demandante se frustra. Pero no sólo él se siente mal, sino que proyecta en la familia toda su amargura hasta emponzoñar una existencia en común que sobrevivía a duras penas, o que existía llena de amor; o que se iba al garete, o que será mejor que lea No sólo el fuego (Alfaguara, 1999) de Benjamín Prado, el retrato de un grupo familiar compuesto por cinco personas de entre las que destacaría a dos. Un par de seres humanos que portan la antorcha de varias historias, porque cada uno de los presentes somos la adición de decisiones ajenas que junto a las propias –diseñadas en esa que llaman época adulta, pero que olvida los momentos anteriores–, hacen de nosotros lo que somos y quisimos ser, o nada de lo dicho.

Que Ruth Samuel son los pilares sobre los que se asienta este edificio narrativo que ha levantado Prado es una verdad sin discusión –¿quiere debatir?–, y que las páginas son una especie de placa de Petri sobre las que el lector posa sus sentidos para examinarlo, es otra certeza.

Que la frustración es un sentimiento innato, una vieja conocida con querencia por joder, es tan obvio como reconocer nuestra sorpresa cuando caemos en las trampas que nos tienden las esperanzas; que escondernos tras los tabiques para tramar venganzas es agotador, esperar que el contrincante se esfume es frustrante, porque como afirma Ruth: “Los enemigos no desaparecen, sólo se alejan”. Perseguir sin saber qué hacer, el por qué de ese acto y percibir –no sé si lo llega a entender así– cierta desconexión y falta de continuidad entre sus pensamientos y acciones –disociación– es uno de los momentos de mayor interés en el estudio del personaje, casi me atrevo a decir que de los personajes que habitan No sólo… Habrá un instante en el que convergen una botella de aceite de oliva, un trozo de carne y un gato… y.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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