A través de las lágrimas

M. Á. Contreras Betancor|

 

La vida era un desastre en el que apenas se pueden salvar un par de muebles.

Dejarse la piel por amor al trabajo que se desempeña y acabar aplastado por el olvido. Sobrevivir en un nuevo estado con un dolor que impide separar el polvo de la paja; que va creando heridas que no logran cicatrizar. Resulta como un ahogo o más exactamente “Es una mano invisible que le aprieta la garganta cada vez que recuerda lo que es”, o para ser más preciso: “Lo que ya no es”.

La melodía de la oscuridad (Espasa, 2019) de Daniel Fopiani.

Ambientada en la ciudad de Cádiz. Años después de haber sufrido la barbarie etarra. Él lleva por nombre Adriano, un hombre a quien le “habían arrebatado el consuelo inalienable de poder llorar”, ve interrumpido el sueño por una llamada telefónica. Parece que quienes deben recordar su existencia lo habían relegado al baúl donde se guarda, ni siquiera la porcelana, y sí a ese visitante molesto, incómodo.

Un asesino en serie atrapado entre su particular barbarie y los restos de la mitología griega de la que se siente deudor y a través de la cual, aspira a una especie de redención. Y ahí aparecen los doce trabajos de Hércules.

Un texto negro, una novela policial, en la que Fopiani no olvida situar las tan necesarias dosis de humor –porque la existencia también reclama una sonrisa– entre los escombros del horror, ese espanto tan inhumano por humano. Y Acho, que siendo el sonido del estornudo perruno es el nombre del Labrador que forma parte de la historia, una especie de observador distante a la par que cercano.

Patricia, ay, Patricia, y sus dedos buceando “como sirenas por los anillos” del pelo de Adriano.

Hay más en La memoria…, pero también hay “cosas que son más difíciles de captar que el impacto de una lágrima”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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