Una mentira feliz

M. Á. Contreras Betancor|

 

Hola, mi amor, ¿me escuchas bien? Sí, le dije, te escucho perfecto. Y corté.

Cuántas veces se habrá reído al leer una novela que relataba las angustias ocasionadas por una pandemia que asolaba un pueblo, luego el país; mientras unos corrían despavoridos, el virus visitaba las naciones limítrofes no dejando títere con cabeza, haciendo tabla rasa, aplanando la curva de nacimientos (!) que nunca se habrá visto una planicie más nivelada. En cuántas ocasiones se habrá carcajeado al contemplar esa famosa película en alta definición donde el valiente protagonista reventaba cabezas, abría en canal a diestro y siniestro a todo bicho viviente –casi– que osara atacar a su familia, amigos y conocidos. Y luego, usted mira el almanaque y se le quitan las ganas de reír.

Pues resulta que en la historia –una parte– que se cuenta en Los que duermen en el polvo (Alfaguara, 2017) el autor argentino Horacio Convertini se adelantó casi tres años en la narración de ciertos hechos tan ficticios que hielan la sangre, una historia tan apegada al género Z que recomiendo olvidar a los zombis; una historia de Jorge y de Érica y de Jorge; también del Lele y de Mónica que “era una suerte barata, un espejismo, la voluntad de un hombre torturado de dejarse estafar”.

En este cuento confluyen elementos tan reales como los que estamos viendo durante la peste que nos toca padecer en 2020: No hará falta acudir a los textos medievales. Está el virus del buenismo de la top model que no puede soportar el maltrato que reciben esos enfermos irrecuperables y a tal fin, exige respeto y ayuda humanitaria que mitigue los pesares de los compatriotas que andan de esquina en esquina presa de una cierta confusión, pero la tontería se desvanece al compás de los aullidos de los seres con ansia devoradora. Se levantan muros, se decretan reclusiones; se aíslan –protección, afirman– a los sanos y se exterminan a los otros –¿y al revés?–. Incluso, se baraja la posibilidad de crear una comisión de intelectuales cuya misión no debería ser otra que trabajar en la “interpretación social de la catástrofe”:¿Dónde está la ficción? ¡Pero si además se habla de una “nueva normalidad”! Repito, ¿dónde está la ficción? Convertini tiene la respuesta.

¿Y Jorge?, él recuerda aunque a veces se confunda, añora, si bien no puede perdonar, no quiere perdonarla, tal vez porque: “Tu amor fue la peste que me llevó a ser el bicho que soy ahora”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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