Un contenedor vacío

M. Á. Contreras Betancor|

 

En el mar uno sabe lo que tiene que hacer para no hundirse.

El alma es un contenedor que sufre crisis de abastecimiento a lo largo de su existencia, en algunos momentos tiene de casi todo, en otros, de casi nada y entremedio hace serios equilibrios para compensar los excesos de esto y las carencias de aquello. Y suele ser el “aquello” uno de los productos por cuyo suministro permanente se sufre más; es el “aquello”, ese miembro inasible que provoca en quien lo pierde “una mirada de cuencas desocupadas”.

Durante la lectura de Soledad (ALREVÉS, 2019) obra de Carlos Bassas del Rey, tuve la impresión de ser un espectador ocupando la fila diez –segunda butaca junto al pasillo– de esas añoradas salas de cine durante la proyección de un largometraje; observé el plano de Romero instantes antes de abandonar la cama sin atreverse a nada, miré el parque como si fuera un trávelin descriptivo en el que irrumpe Abigail. Pero sobre todo, lo que se ve –se lee– en el texto del autor barcelonés, y que destaca en la narración, son esos planos y contraplanos protagonizados por el mencionado Romero –valdría el recurso de la pantalla partida–, junto a esa mujer, Soledad, cuyo nombre da título a esta novela. Esas escenas que cada uno vive independientemente –siendo consciente de que el otro existe–,   sin pisarse las frases. Y ahí está el ‘director’, haciendo gala de su conocida destreza en el arte del montaje, de cómo desmenuzar cada fotograma de palabras, de párrafos. Es literatura.

No seré yo quien caiga en la trampa de contraponer la imagen al texto –dispararse en el pie se lo dejo a otros–, de agarrarme a ese mantra tan desacertado que afirma sin rubor alguno que Una imagen vale más que… porque de ahí hasta justificar el destrozo que sufre el idioma en las redes sociales va un paso, a pesar de que despeñarse esté bien visto en los ambientes más chic de la binaria existencia. Allá cada cual. 

Y concluyo.

Existe un personaje “protector” que es incapaz de “salvarse a sí mismo”, adolescentes con prisas por pasar a la siguiente casilla de la existencia seguros de su inmortalidad y descubriendo para su sorpresa que la vida habita la Parca. Un padre que no es, una abuela que no llega; un ambiente opresivo que se siente, que coloniza todo el espacio posible. Habrá culpas que hacen las veces de bloques de hormigón, instantes demoledores –de esos que son de imposible olvido– que harán comprender que el arraigo allende las fronteras propias no se consigue del todo hasta que “sus muertos echan raíces” en el hábitat final. Hay demasiada soledad, tanta, que logra vaciar el contenedor.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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