Ángulos retorcidos

M. Á. Contreras Betancor|

Le pedí consejo a Gato, que dio la callada por respuesta.

Efectivamente. No hay nada mejor que un adverbio para comenzar el principio de algo, y si ese algo es una novela, que no es algo y sí otra cosa, pues mejor que mejor… con el pronombre y la novela, porque si no se aprovecha el momento justo se pierde la oportunidad y de esto último andamos muy escasos.

Cuenta Joe Álamo en The fool on the hill (Cazador de Ratas, 2018) las peripecias de un investigador privado que responde por el nombre de Tom Z. Stone a quien los dados del destino reconvierten en un ser humano con ciertos matices, no tantos que le impidan afirmar: “Soy un muerto con un gran talento para la autocompasión”, y añade, “Mi corazón no late, pero es blando como una mierda reciente”.

Sostengo, no sé sin con la ‘firmeza’ del personaje de Tabucchi, que las etiquetas están para lo que sirven, aunque no deberían ser adoradas como si de un becerro de ojos brillantes se tratase, y en el caso del trabajo que ocupa estas líneas, el texto es un excelente juego que acercándose al universo del más allá hunde sus raíces en el presente más descarnado donde habitan aquellos que viven del tráfico de órganos. Un espacio para el que se han hecho los antros de cuyos caños beben quienes abusan de menores o proclaman su querencia por la verdad impresa mientras las liendres parasitan no sólo en su entrepierna.

Ignoro si Tom, un “imán para los tipos de aspecto patibulario”, estaría de acuerdo en mantenerse en cierta colina mientras en su cara se dibuja una sonrisa tonta –creo que no–, porque a pesar de los pesares, –de esa maldita broma de los reanimados–, en los más profundo de su soledad, la misma que alivia con “suspiros largos de humo y tragos cortos de alcohol”, se concentran la decencia que tanto escasea y la ironía que a veces es maltratada con el insulto. No es sencillo hablar de redivivos cuando una legión de supuestos vivos devoran los hígados ajenos.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ