La memoria del miedo

M. Á. Contreras Betancor|

 

La poesía de una ciudad nueva (…) puede extinguirse sin rastro cuando uno ha de instalarse en ella.

Puede suceder que alguien tenga la desdicha de que su memoria sea la elegida para instalarse en la impostura de hacerle creer que usted piensa de forma autónoma. Que sus decisiones son el fruto de una mente privilegiada. Cabe la posibilidad de que durante una gran parte de su existencia haya pasado por su vida confiado en que todas las decisiones, no importa el contexto, fueran el fruto de una inteligencia en buen estado de salud. Pero, ¿y si eso no fuera más que un espejismo? y en el caso que nos ocupa, vivir hubiese convertido al protagonista en un “especialista en miedos retrospectivos.”

En Tus pasos en la escalera (Seix Barral, 2019), Antonio Muñoz Molina cuenta la historia de un hombre, o narra las vivencias de una espera, de un tránsito entre “su ausencia y su llegada” de una Cecilia que usted podrá conocer –o eso parece– dentro de una realidad paralela que existe entre dos ciudades, que habita entre los ríos Hudson y el Tajo, a medio camino entre las ensoñaciones de Bruno ¿o sus realidades?

Con los libros como parte de un contexto donde las alteraciones climáticas preocupan al protagonista hasta el punto de definir a su biblioteca como “otro almacén de víveres para la espera del fin del mundo”, Muñoz Molina habla del dolor de la espera, de la espera como síntoma sobre el que pivota la existencia que anhela la llegada del ser amado, pero que a lo largo del texto disemina una sensación más próxima a la angustia.

Y los entornos. Porque tanto Lisboa como Nueva York están ahí, se pasean, son recordadas, una, por la añoranza del pasado, mientras que la otra urbe se nos presenta como la novedad a modo de punto de partida o de reinicio de un recorrido interrumpido. Podría ocurrir, no obstante, que en ese paseo que es vital, las palabras no puedan con las ausencias porque el miedo rescate aquellos momentos en el que “ni siquiera cuando nos hablábamos se disipaba el silencio”. Que quien llegó con la esperanza de retomar la conversación interrumpida empiece a olvidar que va camino de una isla, de quedar varado como esas embarcaciones que agonizan en la ribera lisboeta.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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