Todos los mares en una gota

M. Á. Contreras Betancor|

Enseguida te disparo, esta canción es nuestra favorita.

No caeré en la trampa de las etiquetas estilísticas, dijo mientras el arrepentimiento en forma de sudor frío recorría toda su espalda. Me niego a convertirme en otro ser (humano) que disfruta leyendo –no siempre–, y que terminado el libro, corre ansioso en busca del género en el que guardar el conjunto de páginas, afirmó. Tras un breve suspiro, encendió el enésimo cigarrillo, tomó un sorbo de bourbon y se rascó la entrepierna. Por ahí no paso.

Aquí se viene (leído) a comentar lo leído, y el placer por el texto lleva por título La cordura del idiota (Ediciones Versátil, 2019) –obra ganadora del Premio Novelpol 2020 a la mejor Novela Negra–, del escritor Marto Pariente, una novela en la que el personaje principal hace una declaración con una fuerte carga ética: “Pienso que todos somos buenos en lo nuestro hasta que se demuestre lo contrario. Lo de inocentes es otro cantar”. Él se llama Toni Trinidad, el representante de la ley en un espacio físico –casi ficticio– ubicado en la provincia de Guadalajara sobre cuyo suelo se han posado los ojos de esos seres a quienes el alicatado pone cachondos. Pero no, no crea que el asunto, la trama o el quid de la cuestión se queda ahí.

El texto que ha elaborado el autor madrileño cumple, pero no cumple porque deba ni porque sea menester ¿Qué cumple? ¿premisas, una promesa de felicidad, el rigor que exige cierto canon?, la respuesta debe ¿debe?, ¿acaso existe una obligación?.. Las vidas de Toni y Vega, de un ‘avellano’ que se quiebra de un certero tajo; del Colmenero que por esos mundos jode existencias, ocupan su lugar en una historia bien escrita, muy bien escrita. Las emociones son las que deben ¿hay que tasarlas?, no, hay que leer.

Afirma el solitario municipal, –el policía–, que no precisa de ayuda para dormir: “Lo que necesito son pastillas para no soñar”, y en algún lugar suena la voz destartalada de cierto jienense, mientras la lluvia moja las cristaleras de un edificio recordando a esas “viejas damas con el rímel corrido”. Llegará el final de muchos, de casi todo, pero siempre quedarán las carreras de Trípode, que tras olfatear el amasijo de hierros, jamás olvida orinar encima.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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