Museo de síntomas

M. Á. Contreras Betancor|

 

Sus ojos conservaban un chispazo azul, como el fuego fatuo bailando sobre el osario.

El naturalismo literario se presenta en la obra que ocupa este espacio, al menos en sus aspectos técnicos externos. Es el acercamiento de Pérez Galdós a la estética de Zola pero ala que el autor español dota con su impronta, de ese estilo galdosiano reconocible lleno de matices y guiños. Me estoy refiriendo a La desheredada (1909). El narrador grancanario ya había dado buenas muestras de su compromiso con las novelas de tesis: Doña PerfectaLa familia de León Roch o Gloria. ¡Dios mío, cómo olvidar Misericordia!

Isidora y sus ansias de grandeza; Isidora, expulsada desde su tierna infancia del trono que según afirma la susodicha, es suyo y únicamente suyo, emprende una lucha desde la pobreza. Jamás dará su brazo a torcer aunque el hambre arrase todo a su alrededor porque ella está llamada para disfrutar de los placeres mundanos. Pero antes de llegar aquí, al meollo de la cuestión, el lector habrá pasado por un inicio por el que Galdós mostraba una especial atención: la política de salud mental. Los psiquiátricos que atendían a sus internos según la profundidad del bolsillo de los familiares.

La desheredada, ambientada durante la Primera República, sirve también como  hábitat en el que se exponen las miserias de la administración y por ende de la propia nación, unos de cuyos males endémicos –el de la recomendación– lastra el avance de España. Unas miserias que se replican en una sociedad en la que mientras unos se dejan la piel en el desempeño de su trabajo, existen otros que cuidan de que su cutis no sufra los embates de la lucha por el sustento. El leedor seguirá los avatares de la política nacional y podrá escuchar las vivas muestras de cariño que recibirá el pobre Amadeo II junto al desprecio de las señoras que con sus mantillas blancas avisan de que no hay futuro para el coronado. Y Prim, siempre el general Prim.

Isidora –tengas pleitos y los ganes– tomará decisiones, y una detrás de otra se irán por el sumidero de su existencia, hasta acabar con la vida de don José ¡pobre Relimpio. Isidora vivirá aferrada a unos aires de grandeza que nunca podrá respirar, aunque en sus desesperados intentos se lleve por delante hasta al fruto de su amor con un ‘pez’. Pero no perdamos la esperanza porque como se afirma en un momento determinado, “El mundo se pudriría si le faltase en un momento el desinfectante de la virtud.”

Esta novela es Pérez Galdós en estado de gracia. Todo un museo de síntomas.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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