Ojos de papel

M. Á. Contreras Betancor|

 

Mala para el metate, buena para el petate.

Armando Castillo es un médico, cirujano, con una personalidad algo disfuncional aunque podría afirmar que el jubilado de la sanidad pública convive con un viejo amigo de quien recibe ciertas dosis de sosiego, a quien recrimina su comportamiento –depende–, y junto al que las ve venir… o no. Mas, a pesar de los pesares, esta pareja tan singular, casi parecen una persona, transitan por la historia sin empujarse, respetando el turno de palabra. Resultan siameses incorpóreos.

La negra (Ediciones Rubeo, 2017), ganadora del Primer Certamen Internacional de Novela Negra Blue Bayou, obra del escritor mexicano Federico Elenes Steven ofrece un resultado que según mis entendederas, es un fiel reflejo de lo que debe ser una novela negra. Además de la trama principal que protagoniza el galeno antes mencionado que anda desesperado por la ausencia involuntaria de La Negra, esto es, lo que a todas luces parece un secuestro, toca también Elenes con unas buenas dosis de humor… negro, aspectos del devenir mexicano conformando un retrato –no puedo evitar usar el término radiografía– no exento de desánimo, de una sociedad vapuleada pero no vencida. Desde un desastroso crecimiento urbanístico de Monterrey, el caos circulatorio –aparece el ‘amigo’ inseparable para calmar a Castillo–, o cómo se puede freír alguien en su casa bajo unas temperaturas inclementes y sin aire acondicionado a pesar de la CFE (Comisión Federal de Electricidad), cuyos motivos de existencia hunden sus raíces no sólo en «principios técnicos y económicos», además, y aquí se pone muy seria en su declaración fundacional, afirma que no persigue «fines de lucro», y en todo caso, aquellos resultan «con un costo mínimo en beneficio de los intereses generales» –contenga la risa–. Claro que de la teoría a la práctica va un sofocón con visos de deshidratación de quienes, –maldita casualidad– siempre andan muy cortos de presupuesto.

También hay espacio para la Sanidad –el autor es médico radiólogo de profesión–, esas infraestructuras públicas con un mantenimiento deficiente, asunto inimaginable, o casi, en la oferta privada que goza de un envidiable estado de salud. Por esos lares vive Armando, que complementa su pensión con los ingresos que le ofrece la práctica privada que permite cierta ‘creatividad’, o eso cree. Y la música, presente con guiños deudores de unos boleros que esparcen sus notas por las páginas.

Conocerá al Concu, un santo varón incomprendido, tendrá noticias de Ernesto, un novio formal, de Julia, la ministerial; y claro, de la siempre presente, Carmenla “negrita de mis pesares, ojos de papel volando”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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