La rúbrica del entierro

M. Á. Contreras Betancor|

Al menos hay un par de limones lisiados.

¿Por qué siguen proliferando las familias?” se pregunta, angustiado hasta la obsesión e inquieto hasta más allá de cualquier preocupación razonable, un ser humano producto de la ficción que tiene poco de invento literario –siendo como es una creación fruto de la mente del autor que protagoniza estas líneas– y mucho de realidad. Mas no es del todo cierto que sea Joaquín Campos quien protagonice esta reflexión y sí un tipo que responde por el nombre de Amador Paneque a quien la clase media tampoco es de su gusto, ni mucho menos esa costumbre de tener descendencia. Y qué decir de sus opiniones sobre el arte moderno…, el sexo, con o sin dinero…

Últimas esperanzas (Espuela de Plata, 2019) es el penúltimo trabajo del escritor malagueño que ahora reside en Cabo Verde, un archipiélago macoronésico, tan macaronésico como las asirocadas Islas Canarias. En esta novela ambientada en Nueva York, el mencionado Paneque, es un tipo subvencionado gracias a lo que él califica de comunismo social, donde los que más ganan, sin saber que lo hacen –o creyendo que no son conscientes, ni se les nota– “mantienen a los que son incapaces de salir adelante.” Y en su caso, que es el suyo, nos encontramos con un escritor que vive para escribir y beber sin que el orden de los factores altere su convencimiento de que es un autor cuya última novela de título Avenida, merece ser editada en lengua inglesa y para ello necesita que un editor inteligente quede prendado de su obra. Pero siendo eso importante, no es lo más destacado de la trama que presenta el también autor de Faltan moscas para tanta mierda.

Durante un mes, Amador –un psicópata, dicen algunos– vivirá la suntuosidad de Manhattan, las miserias de Manhattan, las angustias en el metro neoyorquino, la sed, que será menos gracias a Fuji; denunciará las aberraciones gastronómicas que pululan por la gran manzana, saboreará los mejores vinos que el dinero –ajeno– puede comprar. Se escandalizará –es un decir– por la hipocresía de Occidente cuando aplaude a Oriente “sólo porque sonríen de más”. No dejará pasar la oportunidad de mostrar las vergüenzas de esa seudoizquierda norteamericana que pone en duda el triunfo de Trump, salvo que el ganador sea uno de ellos, o de unos cubanos que se manifiestan ante un edificio propiedad del actual presidente, pero no en su país, porque allí “no tuvieron los huevos suficientes para hacer lo mismo”, y añade, “aquí saben que será difícil dormir a la sombra”.

El texto no se anda por las ramas empapelado con papel de fumar. Se puede sentir miedo y asco en Ulán Bator, disfrutar con los amores en la capital de Mongolia y de paso hacer un guiño a Hunter S. Thompson. También cabe la posibilidad de reconocer que el cariño de los gatos es superior al de muchos seres racionales. La prosa de Campos arranca alguna que otra carcajada y seguramente deje un buen poso a los lectores con ganas de disfrutar, pensar, cabrearse, asombrarse e indignarse. Pero dicho todo eso, también es cierto que no deja indiferente a nadie que tenga un poco de oporto en las venas, o agua con gas o unas gotas de un anisado conocido. Porque recordando a Vladímir Mayakovsky: Es preferible morir de vino que de fastidio” Y añado de mi cosecha: Es preferible leer a que te lo lean”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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