Donde la melancolía se acumula

M. Á. Contreras Betancor|

 

¿Le parece poco extraño encontrarme a mi vecina con la cabeza aplastada?

Jugar a ser un dios mientras los apóstoles alfombran el camino del mesías. Apostar vidas y haciendas convencidos de que así conseguirán la plenitud emocional de la que son huérfanos olvidando que las obsesiones, casi nunca, acaban en sonrisas. Instalarse en el prejuicio hasta que la realidad señala que tal vez nos hayamos perdido algo interesante. Y esa presión insoportable que se pierde en la noche de los tiempos.

Confieso que tengo una especial debilidad por los textos que arrancan con una prosa envolvente pero sin atosigar, y en los que no se atisben brindis al sol de la vacuidad, empresa que parece fácil, pero eso únicamente es en la apariencia. Declaro que mi enamoramiento por tal prosa se mantiene siempre que la misma fluya a lo largo y ancho del todo. Y cuando eso ocurre ¿qué puede salir mal?

En Progenie (Alfaguara, 2020) Susana Martín Gijón habla de una investigación por asesinato que se irá complicando –la existencia siempre mueve sus dados– porque esa muerte violenta será el pórtico que el lector deberá atravesar, no en busca de gloria alguna. Será un tránsito a través del cual descubrirá esa otra cara humana que por conocida o insinuada, provoca en el torrente sanguíneo estados que oscilan entre el mayor de los fríos y una ebullición insoportable. Porque hay amores que matan y otros que redimen cuando se creía haber traspasado esa línea sin retorno posible ante la presencia de unos ojos “oscuros y grandes donde la melancolía se acumula.” Porque es este un viaje literario para reflexionar en torno a nuestra afición a jugar con las cartas marcadas –apuntar maneras de un dios desconocido– y crear un discurso que adorne la trampa, y ahí está la escritora sevillana descorriendo la cortina y dejando a la vista pública lo que para muchos es o debe ser una obligación y para las implicadas, algunas o muchas, no es más que un calvario que atenta contra su capacidad de decisión. Los prejuicios de unos, las obsesiones de otros; el miedo ajeno o el derecho a decidir qué, cuándo, con quién o sin nadie. No es fácil, nunca lo ha sido, pero aquí está el por qué del género negro: Exponer, plantear quiénes somos aunque parezca ficción. Por cierto, hay unos ojos verdes que clausuran “la sesión de miradas.”


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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