Adioses en silencio

M. Á. Contreras Betancor|

Aquí, el que sopla pierde viaje.

Fiel a mi estilo, con la misma fidelidad que afronto mis contradicciones, se me ocurre –pero no es una ocurrencia–, que El Jarama (1955) de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), describe la existencia, temores, complejos y miedos de varios grupos de personas que no son más que afluentes –cada uno con su respectivo caudal–, que alimentan un río a quienes muchos tenemos la costumbre heredada de llamar vida. Esos humanos, jóvenes unos, maduros los otros, transitan un territorio dominical que hace las veces de laboratorio, porque “no es cuestión de lo que se vea (…) que no sabes qué hacer con los ojos, ni donde colocarlos”. Que estamos en un hábitat con la posguerra ahí mismo, con unos personajes femeninos para todos los gustos, alguno de los cuales no se resigna, pero ni peores ni mejores que sus compañeras. Ellos mientras tanto se vienen emparejados, los que pueden, que no es el caso de Daniel. Y Lucita que era de la opinión que los hombres “siempre contáis unas cosas [historias] mucho más largas”, vamos, que nos enrollamos más. Pobre Lucía, la noche se acerca para todos. Casi.

Por ahí debe estar Sánchez Ferlosio algo molesto con tanto Jarama…

Y mientras un exhausto Jarama discurre por San Fernando de Henares en un agosto inmisericorde, allá, no tan lejos, alguien mira los ladrillos del puente, retintos de sol mientras un mercancías lo atraviesa, vagón tras vagón. Los amigos se divierten, Mely pregunta y afirma: “Todo el que está debajo anda buscando siempre alguien que esté más debajo todavía”. Cómo olvidar la venta de Mauricio, otro cosmos ferlosiano, lugar donde se reúnen unos ahora, otros después. La vida se observa a través del marco de la puerta, ¿verdad, Lucio?


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ