La peluca del revés

M. Á. Contreras Betancor|

 

La estupidez es amnésica

A lo mejor resulta una buena idea, es posible que ocasione una expresión cercana al asombro, pero si quien así reacciona se toma su tiempo, se libera de prejuicios y se sacude la caspa ajena, descubrirá que el Breve tratado sobre la estupidez humana (Fórcola, 2018) debería ser una lectura, no digo que recomendable a la manera que lo es un antiácido tras una comida pantagruélica o una aspirina por culpa de un desencuentro amoroso; creo que este libro de Ricardo Moreno Castillo debería ocupar un espacio destacado en la biblioteca o la mesita de noche de muchos seres humanos haciendo las veces del esclavo que recordaba al victorioso general romano su condición de simple mortal. En el caso que nos ocupa, se podría acuñar la siguiente variante: «Recuerda, los laureles te vuelven estúpido».

Como soy un tipo optimista y creo que los humanos, aún teniendo la capacidad de joder sin límites, poseen la virtud de enmendarse la plana, así que continuando con las analogías (pero sin abusar), se me ocurre afirmar que el primer paso para superar la estupidez es reconocer los síntomas como si de una toxicomanía se tratara: “Hola, me llamo Julio César… y soy estúpido”. ––“¡Hola, Julito. Pero qué ricura de emperador, el muy jodío”!

Ricardo Moreno construye un texto como sólo puede hacerlo alguien con un gran amor por la pedagogía, recuerden su Panfleto antipedagógico Trece cartas a Dios; sepan también, que él es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía, ésa fuente del saber de la que pocos quieren saber nada.Y retomo el hilo. Me estaba refiriendo a la calidad, claridad y el gran sentido del humor que destila el libro, santísima trinidad necesaria para hacer llegar al lector líneas como las que siguen: “Las ideologías prestan a quienes carecen de ideas el mismo servicio que las pelucas a los calvos”. Si de lo que se trata es de acabar en el fondo de la fosa de las Marianas, no hay mejor embarcación para naufragar que la bautizada como ¡Igualdad!, así, a lo bestia, ahogando toda capacidad de libre iniciativa, que desembocará en la supresión del “mérito y la excelencia, y gracias a ello el tonto envidioso puede disfrutar de una mayor paz individual”. Se refiere el autor a otros asuntos, pero únicamente dejaré el apunte de uno que, personalmente, me trae por el camino de la amargura: El lenguaje inclusivo y un ‘olvido’ del movimiento feminista:“¿Por qué será que cuando un adjetivo designa algo peyorativo se acepta que el masculino haga la función de neutro sin necesidad de usar la forma femenina?”


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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