Melancolía eufórica

M. Á. Contreras Betancor|

 

Tiene una tristeza neutra en los labios.

Si tuviera la osadía de afirmar que el protagonista de este texto es capaz describir a sus criaturas literarias a pesar de no compartir el mismo sexo, no sería más que otro iluso que se hace trampas jugando al solitario, mas como no estoy para esos experimentos, sólo cabe que me mantenga fiel a mi postulado: Un escritor será excelente, penoso o medio pensionista, porque sus textos demostrarán alguna de las tres variables y no porque haya sido ungido por fuerzas sobrenaturales… No obstante, y como a veces la coherencia juega al despiste o todo lo contrario, puedo decir lo que sigue sin que se tambaleen los cimientos del templo de la subjetividad… Y digo.

Ha vuelto uno de los escritores que mejor describe a sus personajes femeninos –es mi opinión–; ha regresado el autor que transita por la geografía física de sus criaturas literarias suministrando las dosis adecuadas a las dos caras de uno de los órganos –el corazón– al que suelen maltratar con unas cantidades indecentes de azúcar, ocasionando que el pobre termine preguntándose ¿qué fue antes? ¿las sístoles o las diástoles? Y he señalado dos lados: el más conocido y mortificado con tanta blandenguería y el otro, el otro lado de cuyos latidos a veces no queremos saber nada… pero ahí está. Aquí encontramos la novela ganadora del II Premio de Narrativa Alcobendas Juan Goytisolo, Palabras de otro lado (Galaxia Gutenberg, 2019) fruto del trabajo del escritor peruano Alonso Cueto.

Una historia que empieza en Lima –y se desarrollará en Madrid– al borde del adiós de Dora, quien en un último esfuerzo y frente a una muerte que “nunca tiene dignidad y menos decoro”, hace saber a su hija –Aurora– otra historia del pasado. Un tiempo pretérito poseedor de otras palabras que en esos momentos se convertirán en exploradores de “cada rincón del cuarto, encontrando el lugar más oscuro… para instalarse allí.”

Durante una charla que mantuvimos el año pasado https://cutt.ly/2rbfnLlpreguntaba al también autor de La hora azul sobre el pasado, un asunto presente en la obra del escritor limeño, y respondía que no es otra cosa que un espejo que nos devuelve, muchas veces deformado y exagerado, aquellos actos irredimibles”. Ítem más, conviene grabarse entre los pliegues del alma que “el olvido es una ilusión que nos envía al pasado.”Efectivamente, el otro lado nunca nos abandona.

La muerte, compañera inseparable e infatigable, rondará el texto para indicarnos que hay ocasiones en las que no existe el tiempo “de pensar” en la Parca; las incertidumbres vivirán los párrafos con nombre de hombre, con cariños de uno de ellos y con algunos trazos de otro, y en medio de todo o formando parte indisociable del conjunto, una extensión de sentimientos para los que el único requisito es estar dispuesto a vivir, sea de un lado y –que no, o– desde el otro.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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