La bodega del convento

Jacobo Otero Moraña|

 

Pues ahí estaba yo, sin saber muy bien cómo ni por qué, aceptando como siempre los casos más tontos que podían surgir en la ciudad. Al principio hasta me podía hacer gracia. Pero después de once años y dos meses –soy plenamente consciente de que dicho así hasta puede sonar a condena– uno empieza a preguntarse si le buscan por ser el “detective friki” o porque de verdad acabo resolviendo aquello de lo que nadie quiere hacerse cargo. Parto de la base que no hay mal rollo con otros colegas de profesión, pero lo cierto es que ellos se acaban poniendo las botas con esos temas que de verdad reportan interesantes minutas, ya sea persiguiendo a esposas o maridos empeñados en coronar a sus parejas con los atributos de un alce en pleno proceso de berrea, o en los cada vez más numerosos asuntos de fraudes, donde las aseguradoras se ven estafadas por quienes simulan tanto accidentes como discapacidades.

Pues bien, para ser sincero –y no me queda otra que serlo– por la puerta de mi despacho habrán entrado veinte casos de esos desde que puse la placa en la fachada del edificio (y creo que me sobran dedos). Todo lo demás, resulta más propio de personajes aquejados por psicosis maníaco depresivas, esquizofrenias o cualquier otra enfermedad mental a la que todavía no le ha puesto calificativo uno de esos eminentes psiquiatras formado en universidades, ya sean escandinavas o anglosajonas, que de solo escuchar el nombre, hacen asentir a todos los presentes aunque no tengan ni pajolera idea de dónde se encuentran.

 

Por lo visto, cuando uno de esos especímenes cruza el umbral de la puerta que da acceso al habitáculo donde mis insignes colegas tienen sus oficinas, y tras escuchar sus argumentos con ese respeto tan profesional que lleva implícito el más absoluto hieratismo gestual –aunque por dentro se estén descojonando– deciden reenviarlos de forma automática a mi dirección como si en vez de personas fueran protagonistas en uno de esos chascarrillos que saturan el “whatsapp”. “Lo siento mucho –casi me parece escuchar como les dicen (bien sea con voz de barítono o en falsete), nosotros no nos dedicamos a ese tipo de trabajos. Pero le voy a recomendar a un verdadero profesional que sin duda solucionará su problema. Y ahí es donde entro yo. Benigno Saldaña. Licenciado en Derecho. Graduado en Criminología e Investigador privado –aunque tanto título me servía para poco más que convertirme en un personaje berlangiano al que sin duda le añadirían alguna colegiala cubre, del estilo “para lo que sea menester”–. Con semejante currículo,unido a mi peculiar “humor negro”, se podrán imaginar que cuando entró mi última clienta –de eso hace ya veinticuatro horas– al principio creí que se había confundido de puerta. Me faltó el canto de un patacón para decirle: “Las oficinas del notario están en la escalera C”. Pero me contuve, y a estas alturas todavía me pregunto si hice bien o mal.

 

–Supongo que es usted el señor Saldaña –dijo con un acento neutro del que casi había desaparecido todo rastro de su procedencia extranjera.

–Supone usted bien –respondí con una sonrisa que intentaba romper el hielo sin parecer excesivamente campechano.

–Por lo que me han dicho, su especialidad es resolver aquellos casos que nadie se atreve a aceptar.

–Quien le haya comentado eso tiene toda la razón –intenté parecer formal, aunque no sabía si aquella mujer hablaba en serio o se burlaba de mi.

–Perfecto –entonces rebuscó en su bolso de marca (bastaba verlo para darse cuenta de que no era una imitación del “top manta”), y sacó una foto–. ¿Reconoce a esta persona?

La verdad es que lo único que vi allí fue el rostro de un tipo sonrosado y entrado en carnes. Tendría unos cincuenta años. Caucásico, posiblemente anglosajón. Las gafas distorsionaban la mirada y color de los ojos, pero no la sonrisa pícara que dedicaba a quien fuera que había sacado la instantánea.

–Lo siento, pero no tengo el gusto.
–Es Stephen Baldwin. Mi exmarido.
–Ah –y pese a mis esfuerzos, no pude disimular que el nombre seguía sin decirme nada. –Stephen es, o debería decir, era uno de los cinco mejores catadores de vino del mundo. El caso es que hace un año, tras visitar las bodegas de un monasterio en la sierra, envió una carta indicando que daba por disuelta nuestra relación matrimonial. Por lo visto, en ese lugar acababa de encontrarse a sí mismo.

–Y usted piensa que en realidad se ha fugado con una chica de veinte años y está pegándose la juerga padre a costa de un dinero que en realidad formaba parte del acuerdo prematrimonial que tenían firmado.

–Eso sería lo normal, pero no. Desde el mismo momento en que recibí su misiva, se activaron automáticamente todas las disposiciones que habíamos acordado. O lo que es lo mismo, soy mucho más rica que antes de conocerle. En cuanto a lo de sus infidelidades, tampoco me preocupa. Yo he sido su tercera esposa. Nos conocimos durante una cata en un balneario de Crimea,y se puede imaginar cómo llegué a ocupar el puesto de la anterior señora Baldwin. En los diez años que duró nuestro matrimonio, no siempre le he acompañado en sus viajes, así que tampoco me cuesta imaginar lo que habrá hecho por ahí.

–Pues ahora sí que estoy perdido.

–Conociendo a Stephen, no es normal que haya desaparecido en la forma que lo hizo. Menos en un monasterio.

–¿Quiere decir que nadie sabe nada de él desde entonces? Porque de ser así, debería acudir usted a la Policía y no a mi.

–El problema es que a efectos prácticos, mi mari… perdón, exmarido, está perfectamente localizado en la abadía de la Sierra. Incluso cuelga un programa semanal en su canal de YouTube. Mire –y en ese momento se aproximó para mostrarme la pantalla de su teléfono. Recuerdo que tanto el móvil como ella estaban impregnados de un perfume cuyo nombre no pude identificar, pero que sin duda era carísimo. Vi de nuevo al tipo en cuestión, vestido con una especie de hábito. Alababa las bondades del tinto que sostenía en su copa mientras se expresaba en un castellano casi tan macarrónico como el de Michael Robinson. Acto seguido, ella fue pasando un vídeo tras otro hasta completar casi una docena– ¿Ha notado algo raro?

–Pues sí –admití medio embriagado por el aroma y la sensualidad que desprendía aquella dama–. Salvo leves matices, parece como si todas las grabaciones fueran la misma.

–Veo que quienes me recomendaron sus servicios son más fiables de lo que imaginé en un primer momento– y por primera vez sonrió abiertamente–. Ese mismo detalle se lo he reseñado al jefe de seguridad de la empresa de Stephen, pero él está empeñado en decir que son paranoias mías. Y lo mismo deben pensar sus miles de seguidores, porque nadie ha puesto ni un solo comentario al respecto a pie de página.

–Entonces vamos a ver. Que yo me aclare. ¿Dígame cuál es el objetivo que busca?

–Sencillo. Quiero que vaya a la abadía y se entreviste cara a cara con mi mari…, perdón, exmarido. No sé qué explicación le va a dar. Si se le apareció la Virgen en medio de esas montañas. Si resulta que está enfermo y ha decidido apartarse del mundo, o si hay otros motivos…

–¿Como por ejemplo?

–Que esté muerto y alguien dentro de la empresa se empeña en mantener el negocio a través de esa pantomima de los monjes.

–Y de ser así, ¿Qué puede importarle a usted todo eso? Como me dijo hace un momento, ya es una mujer rica.

–Señor Saldaña, ¿Cuantos años diría que tengo?
–Sinceramente, no lo sé. Soy muy torpe para esas cosas.
–O un caballero que no quiere ofender a una dama –y otra vez sonrió–. Dentro de quince días cumplo cuarenta. Hasta entonces nunca, y repito, nunca, me habían abandonado. No le voy a negar que me gustan el dinero y la buena vida, pero quiero saber qué ha pasado con el Stepehn Baldwin al que conocí. Entiendo que todo esto pueda resultarle extraño, pero tal vez esto ayude a incrementar su interés por el asunto– y deslizó un sobre hacia mí.

Al ver el contenido, casi me caigo de la silla.

–Si. Son cinco mil euros. Tan pronto hable usted con mi ma… con Stephen, y me traiga una prueba concluyente de dicho encuentro, le daré otros cinco mil. ¿Estamos de acuerdo?

–Soy su hombre –respondí de forma automática.
–Ya sabía yo que nos íbamos a entender –y a la vez que dijo esto, comenzó a ponerse de pie. –Por cierto. En este negocio la discreción es norma, pero me gustaría saber cómo debo ponerme en contacto con usted. Si mal no recuerdo, aún no me ha dicho su nombre.
–Ludmila. Ludmila Stepanova– tomó en sus manos el sobre que contenía el anticipo y escribió un número de teléfono en el envés-. Está operativo las veinticuatro horas, así que no dude en llamar si tiene algo que contarme.
La vi marcharse con aquel contoneo propio de quien es modelo principal,sabedora de que acapara toda la atención de público y fotógrafos al salir a desfilar en las pasarelas de alta costura. Elegante,pero sin renunciar a ese deje lascivo que tan bien supo escenificar Sharon Stone en INSTINTO BÁSICO.

Todo eso sucedió un viernes, y de ser yo tan golfo como dicen, me habría pasado un fin de semana de desenfreno sabiendo que había pasta fresca. Pero no. De inmediato me puse a buscar en el ordenador datos sobre aquel monasterio donde se le había perdido el rastro a «Mr. Baldwin». Para mi sorpresa, la página estaba actualizada; contaban con su propio blog, y hasta con una tienda de venta “on line”. Entre los vídeos donde se ensalzaba la laboriosidad de los «hermanos», descubrí un par de ellos sobre el catador. El primero era de hace dos años, y en él decía que los vinos del monasterio estaban sobrevalorados, pues notaba una alarmante falta de «cuerpo». Nada que ver con el último, que sin duda era el mismo que acababa de enseñarme mi clienta (o uno de ellos). Tras su reconversión, los caldos habían pasado de mediocres a excelentes, y ese tono sonrosado de sus mejillas daba a entender que había hecho algo más que oler y mojar los labios en la copa.

Así que en vez de portarme mal, el sábado por la mañana me levanté temprano y puse rumbo a la sierra en mi coche. El GPS decía que eran poco más de ciento veinte kilómetros los que me separaban del destino, si bien la cosa se complicaría tan pronto saliese de la autopista. Y así fue. El desvío me llevó a una carretera escarpada, con curvas sinuosas que serpenteaban bordeando un desfiladero. Llamó mi atención el detalle de que en dos ocasiones atravesé túneles horadados en la roca viva,sin el menor rastro de concreto recubriendo laterales ni bóveda. Al salir del último,vi un cartel que indicaba la altura que acababa de alcanzar: mil cien metros sobre el nivel del mar. Al lado, otra flecha señalaba el camino al monasterio. Pese a haberlo visto en las fotos del servidor, no dejaba de resultar llamativo contemplarlo al natural. Estilo románico tardío en excelente estado de conservación, señal de que tanto el superior como la orden se cuidaban mucho de mantenerlo en perfectas condiciones. Aún sin ser un experto en la materia, ver los hábitos blancos y negros me hizo pensar de inmediato en los Dominicos y su leyenda negra, que más allá de la Inquisición, se había reforzado gracias a los personajes creados por Umberto Eco. Por cierto, si esperaba encontrar a la puerta a un «mórbido» Berengario o a un malencarado Jorge el «ciego», nada más lejos de la realidad. El fraile portero era un tipo amable y educado que en cierto momento me recordó a uno de los profesores de mi infancia. Aún sabiendo que no tenía cita previa, de inmediato llamó por línea interna al prior, recibiendo el visto bueno para una entrevista. Dos minutos después, caminaba junto a otro monje bajo los arcos de un precioso claustro en dirección a las dependencias del abad. Solo esperaba que el rector de la abadía mantuviese el tono de cordialidad y fuera quien pudiera ayudarme a aclarar esa misteriosa transformación de «Mr. Baldwin» que tanto turbaba a su exesposa (y que valía diez mil euros).

Tras los preceptivos toques en la puerta del despacho, escuchamos el típico “adelante” que nos dio acceso al habitáculo. Muebles clásicos. Estanterías llenas de incunables ordenados pulcramente, y al fondo,un escritorio de maderas nobles tras el que se encontraba un hombre de unos sesenta años que de inmediato me dedicó una sonrisa.

–Usted es el señor Saldaña, ¿no es así?
–En efecto.
–Tome asiento –ofreció. Y mirando hacia el monje que me había guiado dijo–. Puede irse hermano.¿Y a qué debo el honor de su visita?
Más allá de lo que yo pensase sobre la vida monástica y quienes la practican, tuve muy claro que lo mejor era decir la verdad, así que le hice un breve resumen sobre los motivos que me habían llevado hacia el monasterio aquella mañana.

–Curioso. Muy curioso –comentó el abad tras un silencio de lo más reflexivo–. Así que la señora Stepanova se siente despechada. ¿Y no le parece a usted extraño que haya tardado tanto en buscar a su esposo?

–Quizá pensó que se trataba de un “calentón” pasajero y que una vez liberase la olla, volvería a sus brazos.

–Sí. Es un razonamiento muy mundano, pero a la vez lógico.

–Como puede ver, no pretendo engañarle en absoluto. Basta que me permita hablar durante un rato con el marido,y antes de que el hombre tenga siquiera tiempo a pensárselo, estaré de vuelta en la ciudad.

–No hay ningún problema-sonrió de nuevo-, solo que deberemos esperar a que el “hermano Stephen” regrese de sus tareas. Como habrá visto en nuestra página,somos una comunidad pequeña. No producimos más allá de cinco mil botellas al año, aunque de excelente calidad, así que toda mano es bienvenida. Más cuando se trata de uno de los mejores catadores del mundo. Desde que decidió quedarse con nosotros, el “hermano Stephen” se dedica a la comunidad en cuerpo y alma. Fíjese –y en ese momento se puso en pie para mostrarme la ventana que había al fondo–. Desde el despacho tengo una perspectiva privilegiada de los viñedos. Si tuviera unos prismáticos, sin duda podría señalarle a nuestro hombre entre los operarios. Hoy le toca el tercer turno de comida, así que mientras esperamos, le invito a que vea nuestras bodegas. Luego puede compartir el almuerzo con nosotros.

–No quisiera molestar ni parecer aprovechado.
–Créame. No molesta en absoluto.
Tomándome del brazo salimos del despacho, y tras un rato caminando, descendimos por una escalera que llevaba a los sótanos del convento. Ante mis ojos apareció la bodega más maravillosa que había visto en toda mi vida. El ambiente penumbroso lejos de hacerse tétrico, invitaba a la paz. Las barricas se apilaban una a una en un lateral, mientras que por el otro lado, se veían interminables hileras de estanterías donde reposaban las botellas. Pese a que allí no se organizaban eventos ni pretendían convertir la abadía en reclamo comercial, la limpieza era impecable. Ni una mota de polvo y menos aún, restos de telarañas.

–¿Qué le parece? –susurró el prior.
–Impresionante.
–Y aún lo será más cuando pruebe nuestros vinos. Es más, ¿ve ese tonel del fondo?. Pues está destinado al producto estrella de la próxima temporada. Vamos a empezar a hacer nuestra propia sidra.

-¡Vaya! Creí que eso era cosa de los asturianos, aunque últimamente también se han sumado los vascos.

–No se lo había dicho, pero soy de Cangas de Narcea.
–Qué casualidad. Uno de mis bisabuelos también era de allí.
–Con razón me cayó usted bien nada más verle –e hizo un guiño amistoso.
Fue hasta el barril y abrió la espita, haciendo que el líquido saliera a presión contra el vaso que sostenía.

–Dele un trago y verá lo buena que está.

–Deliciosa –dije tras agradecer el ofrecimiento–. Y con un deje dulce muy curioso.
–Ahí radica su gracia.
Al regresar a la parte superior fuimos en dirección al comedor, pues ya se abría la cocina para el primer turno. Me senté junto al abad en la mesa principal, si bien nadie empezó a comer hasta que todos los frailes tuvieron una sopera en la suya. El primer plato consistía en un consomé de verduras con picatostes que estaba verdaderamente sabroso. Antes de que pudiera rechazarlo, ya me sirvieron una copa de ese tinto que tanto había alabado en los vídeos el señor Baldwin. La verdad es que sin ser yo un entendido, me dejó excelente paladar. El segundo plato resultó ser de alta cocina: medallones de venado con salsa de arándanos. Nuevamente quedé sorprendido ante la excelencia de su elaboración. Cuando vi que llenaban mi copa por cuarta o quinta vez, puse la mano a modo de tapa sobre ella.

–No más, por favor. Ustedes se quedan aquí, pero yo debo conducir de vuelta a casa. Además, aún debo hablar con el marido de mi clienta. No querría estar borracho en ese momento.

–Este vino es muy natural. No se sube a la cabeza.
–Pues no sé qué decirle, padre. Yo creo que estoy empezando a ver doble…
Y sin saber cómo, me caí de la silla quedando en el suelo completamente inmóvil.

–¿Está muerto? –preguntó uno de los frailes.

–Todavía no –dijo el abad buscando mi pulso–. Es una pena, señor Saldaña, pero hay cosas que no deben removerse. Usted ha sido codicioso, y ahora se va a dar cuenta de lo poco que vale el dinero cuando se pierde la vida. Es lo mismo que le expliqué al “hermano Stephen” cuando volvió a visitarnos tras aquel artículo nefasto en el que nos acusaba de hacer vinos sin cuerpo. Ahora el suyo contribuye a darle ese sabor tan especial a nuestras creaciones, de ahí que como le dije, se encuentre dedicado plenamente al proceso productivo. No hay mejor sepultura para un catador que una barrica. Más si se trata de la principal. Su esencia estará presente en nuestros tintos durante generaciones.

Supongo que de poder contestar habría gritado horrorizado, pero el caso es que no podía hacerlo. Fuera cual fuese el veneno que habían empleado, actuaba muy rápido.

–¿Y qué hacemos con él? –quiso saber otro de los monjes.

–Me dijo que su bisabuelo era asturiano, así que echadlo en el barril de la sidra. Veremos hasta qué punto nos da tan buen resultado como el inglés.


©Texto: Jacobo Otero Moraña

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