La medida de la crueldad

M. Á. Contreras Betancor|

 

¿Y usted qué hace aquí, señora?… Yo tengo un hijo soldado… y vengo a salvarlo.

Qué difícil, por no decir que resulta casi un imposible, leer algún texto sobre la Guerra Civil que no sea más que un panfleto o un relato lleno de imprecisiones; qué complicado es indagar en torno a la extensa bibliografía, a esa producción casi inagotable que tiene como único protagonista el golpe de Estado y la posterior hecatombe. Es un asunto complejo pero no imposible, sobre todo, cuando se lee A sangre y fuego, un trabajo obra de Manuel Chaves Nogales (1897-1944) y que fuera publicado por la editorial chilena Arcilla allá por 1937.

Y dicho lo anterior, añado que aún resulta otra vuelta de tuerca que los acontecimientos narrados descansen sobre una objetividad (decencia) digna de tal nombre, sin que por ello sea tan ingenuo que no perciba las lógicas querencias del autor y de ahí el apoyo entre paréntesis.

A lo largo de las nueve historias que conforman A sangre… el lector se encontrará con otras tantas instantáneas que transitan entre los “guerreros marroquíes” con ganas de vengarse de España, el internacionalista ‘confundido’, el camarada Arnal que lucha por proteger el patrimonio artístico o la persecución del comité revolucionario a dos obreros que sólo quieren trabajar.

Pero si algo caracteriza las descripciones de Chaves Nogales es un sentido del humor tragicómico –entiéndase el contexto–, cargado de una ironía que no pasa desapercibida, uno de esos ejemplos lo tenemos en el relato titulado ‘El tesoro de Briesca’, cuando ante el empuje del ejército nacional, aquellos que están poniendo a salvo unas obras de arte afirman: “Cuando entren en Briesca tendrán que colocar en el altar mayor una litografía de Franco… y vestir al cura con un traje de luces.”

Relata también lo ocurrido en un sanatorio en el que los únicos inquilinos son unos tuberculosos que están esperando la llegada de la muerte, pero algún republicano a pesar de la agonía, no podía soportar tener en la cama vecina a un fascista al borde del pijama de madera, así que tras la irrupción de un grupo de milicianos exigió: “Tenéis que matarlo”… completado el deseo, agradecido, afirmó que “Ahora podré morir tranquilo”. Y se arropó para dormirse.

En otra situación, y hasta aquí llegamos, Chaves Nogales nos presenta al miliciano Pedro, quien reflexiona en torno al esfuerzo que exige el conflicto: «De la guerra y la revolución, lo peor es el sueño que se tiene siempre.” Podría referirme a esa afición que tenían los anarquistas por la redención de la gente, pero aún resuenan los ecos del tiroteo en la ahora plaza desierta, donde yacen dos cuerpos sin vida, el del desertor y el del héroe.


©Miguel Ángel Contreras Betancor

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